Contraquerencia

Generación irreverente

Pocas cosas causan tanto temor en el mundo de los toros como los atentados al statu quo, se trata de un pánico a alterar el orden establecido, a ir en contra de lo políticamente correcto. En el caso de los toreros se vive desde la etapa de novilleros con el respeto irrestricto, lo cual no tiene nada de malo, a quien tiene mayor camino andado.

Pero ese respeto se transforma irremediablemente en un apego a no molestar, a no intentar pasar por encima de la figura, a no hacer un comentario imprudente, porque cualquier detalle puede cerrar las puertas por completo; en ese sentido, los de arriba tienen un celo particular en no dejar pasar a los irreverentes, y los de abajo se cuidan en no ser tachados con esa etiqueta.

Los de arriba en nuestros días son esos mismos agrupados en el círculo de las figuras de primera, como Enrique Ponce, Morante de la Puebla, Julián López El Juli, José Mari Manzanares, Alejandro Talavante y Miguel Ángel Perera. Ellos mueven el mundo del toro, al grado que empresas y ganaderos también se cuidan de no ser irreverentes para nunca sufrir el sambenito de ser vetados por las figuras.

En ese entorno de extremo control, parecido al de la Europa del Este de la posguerra, en donde todo lo que se decía acusaba, de la misma manera que el silencio también delataba, es que se muestra con un morboso interés el surgimiento de una generación irreverente de toreros.

La cara más visible de esa nueva camada es, sin duda, el peruano Andrés Roca Rey, quien poco sabe o no le interesa el tema de las jerarquías y ha declarado la guerra a muerte en el ruedo a las acomodadas figuras. Pero no se trata de un guerrero en el desierto, a la doble R se suman nombres como los de Alberto López Simón, José Garrido, David Galván y David Mora.

El primer ganador de esta irreverencia declarada es el público, que ahora tiene la oportunidad de presenciar enfrentamientos reales, como el de apenas hace unos días en el mano a mano entre Alejandro Talavante y Andrés Roca Rey, que terminó por ser una corrida de esas que cualquier aficionado quiere presenciar cuando menos una vez en su vida.

Las figuras de arriba desde luego que tienen que luchar por conservar su estatus, pero los tiempos demandan que lo hagan con madurez y dignidad en el ruedo, sin cerrar las puertas en los escritorios y dejando de lado las guerras sucias de otros tiempos. La nueva generación reclama su espacio y es el síntoma más aliciente de que la fiesta está viva.


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