Contraquerencia

Cumplió con el compromiso

No era poca cosa encerrarse con seis toros en la Plaza México. De hecho, lo menos peligroso puede decirse que era enfrentar a media docena de astados. Los desafíos eran otros y muy superiores.

Lo primero que llamó la atención en la presentación de la temporada fue el cartel de la encerrona de Eulalio López Zotoluco. Las comparecencias en solitario son raras y obedecen a gestas de toreros en plenitud y que con ello certifican su paso dominante, en se tenor tenemos la realizada este año por Joselito Adame en Pachuca.

Otra variante de las encerronas son las despedidas de grandes figuras, entre las últimas recordamos las de Manolo Martínez y de Eloy Cavazos, por cierto la de este último fue la más reciente en 1985. Ninguno de los casos era el de Zotoluco.

Los mejores años del diestro de Azcapotzalco ya pasaron y aunque esté cerca del retiro, tampoco es algo inminente. En ese sentido su decisión fue la de un reto al cual no tenía obligación, pero que sí conllevaba varios riesgos.

Zotoluco puso primero en entredicho su capacidad de convocatoria, renglón en el que puede sentirse satisfecho al provocar la mejor entrada en lo que va de la temporada.

El otro reto fue el desafío que se puso de acaparar la atención del público a lo largo de toda la corrida. Incluso el Zotoluco no se ha distinguido por su variedad de suerte o capacidad de improvisación. Al final cortó dos orejas y consiguió el reconocimiento de los asistentes.

Un hecho que se le debe reconocer es que llevó un encierro mejor presentado que los anteriores, nada para sorprender, pero sí denota que cuidó no hacer el ridículo como otros toreros, sobre todo los españoles que con cinismo imponen el toro pequeño.

Cualquier encerrona supone el reto físico, mental y técnico de lidiar seis astados, que no es poca cosa. Ese era el aspecto en que menos dudas se podían tener de las capacidades del Zotoluco y cumplió sin problemas. Al final de cuentas me quedo con el atrevimiento que tuvo al plantearse un reto y hacerlo con dignidad. Gestos como esos necesitamos de nuestros toreros.

jesus.zarate@milenio.com