Contraquerencia

Competencia inexistente

Hay algo que ha perdido la fiesta de los toros y que cada vez se echa más de menos: la competencia. Justo cuando el año taurino entra en su última etapa en Europa y los toreros han comparecido en plazas como Sevilla, Madrid, Valencia, Pamplona y Bilbao, ha quedado de manifiesto que las grandes figuras viven en la comodidad de no meterse con nadie y dejando la combatividad de lado.

Desconozco si se trata de un acuerdo expreso o de una situación tácita, producto de vivir en una zona de confort, pero las figuras se han apoderado de las grandes ferias, de las corridas de pueblo, suman fechas al por mayor, pero no se pisan los talones.

Es obvio que están de acuerdo en todo, en las ganaderías que deben exigir, alternar solo con los de su alcurnia, los que saben que no los van a rebasar, saben lo que van a cobrar; en resumen, dirigen el rumbo de la fiesta con la complacencia de ganaderos y empresarios.

Los toreros, llámense El Juli, Morante, Enrique Ponce, José Mari Manzanares, Morante de la Puebla y José Tomás están enfocados en hacer dinero de la manera más sencilla. Para fuera el discurso es que están unidos en defensa de la tauromaquia, en los hechos imponen condiciones que privan a los aficionados de una competencia real. Tienen repartido todo el pastel, lo que menos importa es que no salga por la puerta grande un día y otro colega lo haga otro día, el amor propio ya no existe.

Hace varios decenios existían festejos como los de la Oreja de Oro, Estoque de Oro, y otros que coronaban a los triunfadores de una feria o temporada, ahora a nadie le interesa enfrentarse con sus similares. ¿Qué necesidad, si se pueden poner de acuerdo y repartirse las comodidades?

Uno de los grandes pendientes para revitalizar la fiesta de los toros es devolver el componente de la rivalidad en el ruedo. Mientras sigan en esa comodidad es muy probable que sigamos en el letargo.

El ejemplo más claro es que ya no importa ser triunfador en Las Ventas, eso no hace ninguna diferencia, los contratos se ganan bajo el agua. Por el bien de la fiesta, los empresarios tendrían que imponer mecanismos que obliguen a una competencia que por ahora resulta inexistente.


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