El fenómeno Curry a examen

Si en algo es clara esta generación de estrellas jóvenes es en que le devuelven al baloncesto esa sensación de magia que el baloncesto estaba perdiendo en medio de tanta defensiva.

Yo en lo personal no le encuentro nada de malo a los héroes con los que crecí, Paul Pierce y sus artimañas para llevar el balón al aro, Tim Duncan y su casi catatonia y eficiencia de asesino silente, o los golpes eufóricos en el pecho de Kevin Garnett o el desmarque de Ray Allen para hundir un triple que es como algo divino, y la defensiva se me hace un asunto de carácter, por lo que jamás estaré en contra de un estilo que le quiere aplastar la boca al rival con defensa, lo adoro, como adoro a los Bad Boys de Detroit por ser unos outsiders.

Pero lo de Stephen Curry es un fenómeno que hay que estudiar con detenimiento. No solo porque pertenece al mejor equipo de la NBA en este momento, sino porque es un compendio de lo que la liga ha intentado por lustros y apenas les está dando frutos: una estrella global, un nuevo embajador que continúe la expansión global interrumpida en gran medida desde que Michael Jordan se retiró.

Lo que sigue es que el fenómeno Curry solo se pudo dar luego de periodos exhaustivos de depuración. No solo es esa preciosa mecánica de tiro que su padre, Dell Curry, le heredó a Steph, ese salto que parece darse como una suerte de ballet, ese llegar al punto alto y luego el desprendimiento del balón tan armónico que parece de poema.

O esa forma de sorprender con un tiro cuya parábola es como una caricia para nuestros sentidos y cuando cae, ¡splash! es pura red. Cada enceste de Curry parece liberarnos de los apremios de un día pesado en la oficina, devolvernos la creencia en lo excepcional y la fascinación que probablemente la vida diaria ya sepultó en un bonche de cuentas por pagar.

Lo de Curry a veces es metafísico: una forma en que la juventud y esta nueva generación de jugadores demuestra que tiene algo que dejarle a la posteridad, y todo prestando atención al pasado del juego, es algo hermoso de ver, es la evolución en sí misma.

Curry convierte un partido de baloncesto en su propio recital, con los años ha aprendido a dirigir a sus músicos para arrancarles notas que no pueden más que hacerle bien al basquetbol.

Steph no pudo ocurrir sin el recién retirado Captain Canada, Steve Nash, es esa forma inteligente de dominar con el intelecto un juego lo que poco a poco están convirtiendo cada intervención suya en algo obligado de ver.

Curry este año ya da visos de llegar a ser algo tan maravilloso como el circense Pistol Pete Maravich, solo que con el tiro de Ray Allen, la visión periférica insolente de Manu Ginóbili y el desparpajo e IQ basquetbolero de Nash: esa capacidad de acelerar y controlar los tiempos, que revolucionó el juego con los Suns de Nash y le dieron dos MVP al canadiense.

Es una canasta de atributos muy amplia, para empezar, Curry entiende que jamás será un Ty Lawson, capaz de abrirse paso hasta la canasta con físico y rabia. O un Kyrie Irving, capaz de hacer media canasta con un crossover y una acrobacia atlética para eludir la marca y para conseguir un doble.

Estremece la inteligencia de Stephen, que sigue el manual de Nash al dedillo: el hecho de que su constitución física jamás le permitirá abrirse paso con poder hacia el aro (y que esto no le conviene, luego de ver al pobre Derrick Rose sufrir por el alto riesgo de su estilo hacia el aro), sino con inteligencia.

Hay algo muy curioso en sus dejadas, sobre el cuadrito del tablero, con el brazo extendido, en esa forma de esconder el balón y anunciar un cambio de ritmo y dirección para convertirse en un emancipador y poner el balón en manos en alguno de sus tiradores o plantarse y de la nada y tocar su impecable canción: hundir un tiro de media o un triple, algo que es bello para su equipo, pero como un dardo envenado en medio del corazón para el rival.

Y luego verlo festejar. Curry festeja como un hombre, no como un joven contento de estar ahí, sino como el próximo tipo de cuidado con una identidad como para llevar a sus Warriors al primer título en 40 años. Y este hombre disfruta cada minuto en duela.

La efigie de Nash utilizando el pick and roll con Amar'e Stoudemire vive cada que vemos a Stephen, elusivo, circundando la llave, escondiendo el balón como un prestidigitador, haciendo una gira por la zona pintada antes de soltar un pase que es una cereza, media canasta, con esa actitud jovial y juvenil que recordamos del White Chocolate, Jason Williams.

O esa estudiada jugada que ya denominan el elevador, en la que pierde a su marcador en medio de un bosque de pantallas y enfila hacia la parte alta de la línea de tres, da un paso para plantarse y de la nada hunde un triple. Es de shock amigos, es algo que llega a ser increíble.

Es como si Curry dotara de sangre a un organismo que no sabía cuál era el abanico completo de sus posibilidades. Y si la Oracle Arena ya era un aforo ruidoso y lleno de esa vibra del Rucker Park de Nueva York que recuperaba la alegría del baloncesto callejero y libre que durante años quiso imponer Nelly (Don Nelson), ahora con Steve Kerr recibieron la teoría de un hombre que recibió instrucción de Phil Jackson y de Gregg Popovich, dos de los coaches más influyentes de los últimos tiempos.

Lo de Golden State parece como baloncesto para la siguiente era.

Pero lo es gracias a que hay demasiado conocimiento depurado y Stephen ha decidido asimilarlo sin caer en falsos orgullos, él sabe y admite que modela su juego en base a Nash, y esa clase de humildad (que por otro lado es evidente), es encomiable de Steph.

Lo que quizá es más fascinante del fenómeno Curry es que dejando de lado las hazañas de una nueva camada de jóvenes que ya de plano se cimentaron como presencias que nos obsequiarán su talento la siguiente década, lo de Curry es por momentos como el acto de redescubrir las posibilidades,volver a hacer del baloncesto, algo que ya pensábamos conocer en todas sus aristas, una cornucopia de posibilidades nueva y excitante otra vez.

Es este año cuando Stephen Curry parece devolverle al baloncesto la capacidad que parecía perdida: enamorar hasta a quien aborrece el basquetbol.