Una extraña tarde para Paul Pierce

En el regreso de Paul Pierce a Boston, esta vez vistiendo el jersey de los Wizards de Washington, el espectador atento pudo ver lo que el número 34 significa para la franquicia de beantown.
El mismo John Havlicek, el líder anotador en la historia de los Celtics, ha declarado en bastantes ocasiones que Paul es el mejor jugador uno a uno que ha jugado para el equipo, y el versátil delantero bajo está a siete puntos de superar a Rick Barry y a Reggie Miller como el decimonoveno mejor anotador de todos los tiempos.
Nadie duda ni por un instante que el número de Pierce colgará algún día de el cielo techado del TD Garden. Fue algo muy bizarro, especial, pues hasta hace dos campañas, Pierce se enorgullecía de que solo tres jugadores de su generación habían pasado toda su carrera en una sola franquicia: Dirk Nowitzki, Kobe Bryant y él, y al finalizar ese año pasó a los rivales de la división Atlántico, Nets de Brooklyn, para un experimento que lo llevó a playoffs en busca de un campeonato.
Nadie quería verlo languidecer en Boston para otra dolorosa reconstrucción, después de todo Pierce aguantó la pesadilla de campaña de las 19 victorias (1998-99) y la de las 18 derrotas en fila (2006-07), y estuvo a punto de convertirse en el único gran jugador de la franquicia en irse al ocaso de su carrera sin conseguir un título.
De hecho un título de Campeón es necesario para entrar en la discusión de los mejores jugadores de la franquicia más ganadora en la historia de la NBA y de las cuatro ligas más importantes de Estados Unidos, con esos 17 trofeos de campeón.
Secreto a voces sobre el acuerdo de caballeros entre la gerencia de Boston y Paul, que lo deja gastar sus últimos jugos competitivos en un lugar en donde sirvan de algo y no en un conjunto que exhibe deficiencias escandalizantes (como esa propensión a dejar de jugar en el cuarto periodo).
Tan solo pensar en la frustración que se ahorra el veterano de 37 años, en su decimoséptima campaña, al no tener que decirle a Marcus Smart, –el novato más talentoso de los Celtics este año–, cómo debe pararse para defender a John Wall (que lo hizo papilla, tanto que obligó al coach Brad Stevens a sacarlo de inmediato).
Desacralizando el aura de la que se enorgullecía Pierce, que aún a esta edad recibió una llamada de Kobe, preguntándole, cómo le había hecho para mantenerse como un arma letal aún a su edad: el equipo permitió que siguiera su camino, porque ante un jugador que le dio tanto a los verdes, la conclusión del sendero es obvia: su jersey con el número 34 colgará junto a los de las pasadas dinastías de los bostonianos, con su austeridad de solo un título, el de 2008, y una peleada Final en 2010 que se fue a siete partidos que aún sigue doliendo en Massachusetts.
Y en su segunda visita a Boston vistiendo un jersey rival, este domingo, Paul sabía que no podía irrespetar al que en el fondo es su equipo. Les jugó con fiereza y fue pieza clave para que los Celtics no ganaran, y casi lo consigue.
Perdiendo por 15 en el inicio del cuarto periodo, Pierce clavó dos triples consecutivos para acercar el score a seis puntos y cuando lo hizo se supo que el capitán, The Truth, no podía hacer menos, más que tratar de ganarle al equipo de su vida, en una de esas raras cosas que solo en el deporte ocurren, con la mitad de los aficionados con ganas de aplaudir por el colapso de su equipo, algo rarísimo.
Al final los Celtics sacaron el juego, pero los 16 puntos de Pierce fueron un símbolo de lo mucho que significa Boston para ese jugador de estilo old school, que siempre ha suplido sus carencias físicas con un endemoniado saco de artimañas e inteligencia; que nació y creció en Los Ángeles, idolatrando a los Lakers y que ahora rezuma sangre verde. En serio, algo rarísimo.
Desde que Pierce pudo cambiar su vida pandilleril (sobrevivió un intento de asesinato), hasta el momento en que pudo contribuir con un título a la tradición y aura del Leprachaun que se ve ridículo en medio de la duela; se ganó un sitio en el selecto santoral de la franquicia; ese viejo cementerio de elefantes en la colina, a donde irán los cansados huesos del Capitán cuando decida que ya tuvo suficiente diversión.