Y por eso no creo en Toronto

Cuando volvieron de la pausa del Juego de Estrellas y derrotaron a los Hawks de Atlanta, parecía como si los Raptors de Toronto se erigían como el poder del Este que hacía honor a lo que debería ser el segundo sembrado del Este, nada menos. Después de todo, el Este no es una guerra fraticida entre los ocho primeros registros como en el Oeste. En el Occidente NBA tenemos lo que por décadas hemos llamado The Beasts of the East, dos conjuntos que se separan definitivamente del resto.

Y ver a Toronto por fin con el equipo sano, con DeMar DeRozan y su All-Star titular Kyle Lowry en plan de maestros, pudo hacer que algunos concibieran que los canadienses por fin darían el salto a la elite. Yo no lo creo y no lo creeré este año.

Por alguna razón, me es imposible considerarlos siquiera contendientes. Y no es el arribismo de ver que tienen una racha de cinco derrotas en fila, incluyendo una ante Golden State el viernes, y el sábado ante Knicks, luego de ese triunfo ante los Hawks, sino que hay algo que no cuadra en ese equipo.

Es de entender, la NBA es un negocio, pero los equipos que en verdad van por el título año con año, están dispuestos siempre a ponerse en el papel de bullies, a hacer lo necesario para destacar, a cruzar a veces la línea entre lo permitido y lo no permitido.

Pero luego uno ve que su gerente general es Massai Ujiri, el Mandela de la NBA, y que los de Toronto siempre se han creído ciudadanos del mundo, una suerte de selección de naciones que representa el nuevo cosmopolita de la era del capitalismo salvaje, con un evangelio de amor y de paz, en verdad lo que desea uno para el mundo pero no en un equipo de basquet.

Es donde obtienen esa aura que tanto destaca el documentalista Michael Moore en sus documentales, en los que para efecto cómico contrasta la seguridad de los canadienses con la de Estados Unidos. Esa aura de "estamos contentos con participar, después de todo somos de Canadá" o algo así. La razón por la que muchas estrellas escuchan Toronto y ponen pies en polvorosa.

De hecho, Lowry es la primera estrella de peso que acepta firmar extensión de contrato con el conjunto.

Es una estampa que les será difícil eliminar. Más cuando encabezan el Este y con su Air Canada Centre repleto cada noche y el rapero Drake encabezando esa campaña "We The North", que por fin cumple con darles una identidad lejos de Barney y los dinosaurios de Spielberg que estaban en boga cuando decidieron llamarse Raptors, comienzan a perder, primero la cima del Este, y el pretexto era la ausencia de DeRozan y luego esta racha inconcebible en donde deben demostrar que son de a verdad.

Y es fácil ser un apóstata de los Raptors cuando pierden en el juego siete de la primera ronda ante un inferior equipo de los Nets de Brooklyn el año pasado, con un tapón de Paul Pierce (un jugador de 37 años) sobre Lowry. Es el síndrome del equipo muy bueno en campaña regular que aún no sabe lo costosos que son los playoffs.

Es solo que a veces parece que el optimismo onda "Salvemos al Mundo" es la bandera de los Raptors, demasiado técnicos y demasiado bien intencionados como para darse cuenta la pelea de perros que es la NBA.

Lo ve uno hasta en el público asistente a la arena, donde me ha tocado ver partidos en que ya la paliza es de escándalo y los fans permanecen fieles en su lugar, contentos de besarse en la Kiss Cam, y vitoreando hasta el final, en lugar de castigar al equipo dejando las butacas vacías.

Si no continúa la resbaladilla de los norteños y Cleveland o Chicago les arrebatan la tan ansiada segunda semilla en playoffs, hay posibilidades de que Toronto no inspire la sensación que nos daban apenas el año pasado Indiana y Miami, donde prácticamente, haciendo uso de dotes de pitonisos, vaticinábamos que entre esos dos equipos se decidiría el Este, y así fue.

Esta temporada los Raptors reciben un insulto, pues a pesar de su estupenda temporada y de resistir en el segundo lugar de la conferencia, los favoritos para retar a Atlanta por la corona son los Cavaliers de Cleveland y ahora en segundo plano Chicago. Toronto no está por ninguna parte.

No importa que Dwane Casey, su coach, quiera innovar con un estilo de defensa que no hace switch con las pantallas, sino que le pide a los jugadores que las anticipen y no descuiden su marca. O que tengan por fin una dupla de estrellas en Lowry y DeRozan, el primer paso para un perenne contendiente.

La gran verdad es que la marca de los Raptors les alcanzaría a duras penas para ser un cuarto o quinto sitio en el Oeste y la organización está tan inmadura que no entiende aún la importancia de los primeros sitios en la siembra en playoffs.

Podrán tener una férrea defensiva y una ofensiva que cuando estalla dan muchos problemas a cualquiera.

Lo que falta en Toronto es identidad, algo más que un buen deseo utópico de unir a la mayor cantidad de nacionalidades bajo un estandarte. Después de todo, la paz de las Naciones Unidas es lo opuesto al baño de sangre y al simulacro de tiranía que es ver erigirse a un nuevo monarca en la NBA.