Vince y la escuela del terror

Vaya instante, Vince Carter llorando mientras los Raptors le hacían un sentido homenaje. Y cómo no, no cabe duda de dónde colgará el número 15 de Vince cuando decida retirarse. Vince, podría decirse, que estuvo de paso por ahí, no les dio ningún título y al final de su estadía, el por siempre conocido ya como Air Canada, le devolvió a la NBA la capacidad de fascinar (cuando el recuerdo de Jordan y Dominique se estaba haciendo añejo) y volver a abrir la boca ante lo que se creía imposible.

No extraña que Terrence Ross y James Johnson, –el mismo DeMar DeRozan que siempre me ha parecido una versión sin cafeína de Vince–, se acercaran a felicitar y honrar a este genial jugador que con una clavada hizo que Frederic Weis se retirara, pues éste comprendió que lo que Carter le hizo es algo que difícilmente se podrá repetir (lo saltó para clavar la pelota en una competencia internacional... nada más).

Era el Vince en la cúspide de sus poderes, el que "manchó" (como decimos en el argot) en un solo ciclo a Mutombo, Mourning y todos los centros de élite que se puedan nombrar, el que desató el pavor en el resto de los jugadores porque si no tenían cuidado pasarían a la historia como el cojín que decidió pinchar Vinsanity esa noche.

Es el Vince que nos regaló tres clavadas tan indescriptibles, arte en movimiento. Siempre recordaré cuando metió el brazo hasta el codo y se quedó suspendido un momento. A Isaiah Thomas riendo, a Shaq con la boca abierta, a los propios rivales de Vince en el concurso incapaces de creer la maravilla, convirtiéndose en cheer leaders de su propio verdugo. Magnífico.

Recuerdo de una época en que no se necesitaba la teatralidad de saltar un KIA (con el anuncio incluido) para triunfar, donde bastaba el simple poder atlético y una imaginación descomunal para elevar al siguiente nivel el clavar la pelota en el aro.

Fue en el concurso de las clavadas de 2000, que él mismo, cuando finalizó la primera clavada, se desfajó el jersey como en un gesto teatral de, esto se acabó, nadie puede con ello. Y así fue, con Kenny Smith, el jugador retirado y hoy un genial narrador de la cadena TNT, gritando como loco: Let's go home!

Carter hizo lo que todo artista que sepa su oficio hubiera hecho: no aceptó participar en otro concurso de retacadas, porque ¿para qué demonios tratar de superar lo insuperable?

Pero Carter brillará en la historia porque después se empeñó en demostrarle a la Liga que no solo era el súper atleta espectáculo, que también era un anotador consumado.

Aunque cargará al día de su muerte la estampa de no tener la maniática hambre asesina de Kobe Bryant y no penetrar al aro y buscar los puntos a como diera lugar, Carter siempre ha sido demasiado purista, parece demasiado técnico, como si cada movimiento tuviera que ser una coreografía, como si una falta torpe de un defensivo fuera a arruinar su ballet aéreo y por eso no lo intenta. Yo lo comprendo, la verdad.

Tan solo en la primera ronda de los playoffs, Vince anotó un triple con el reloj agonizando desde la esquina que le complicó la serie a los Spurs. A la larga, los Mavs, fueron el equipo que más retó a San Antonio en todos los playoffs y el triple excelso de Vince les hizo aplicarse a fondo, les recordó lo frágil que en realidad era su equilibrio, y lo genial que sigue siendo este rival suyo ya entrado en el tercer piso.

Con esa inverosímil jugada que puso afónico de rabia al coach Pop, Vince demostraba lo que lo hace excepcional y en cierta forma un gran baluarte aun a los 37 años: esa capacidad para hacer lo que parece imposible, real.

Vince esta campaña

En su decimonovena campaña en la NBA, Vince Carter intenta ser la pieza clave para llevar a los Grizzlies de Memphis al siguiente nivel, y es claro que el coach Dave Joerger, cuida sus minutos pues su labor es la de ser el anotador designado cuando ello sea necesario: en playoffs; cuando la inventiva sea vital para conseguir puntos, algo que ha detenido a los Grizzlies en postemporada las últimas campañas.

El equipo al momento tiene el mejor registro de la Liga.

Lo que le ha faltado a los de Tennessee es lo que Carter siempre ha tenido a raudales: el ingenio del artífice para crear algo de la nada, muchas de esas veces pura poesía baloncelística.

Es probable que Vince diga adiós después de esta campaña y está nuevamente ante una oportunidad de oro para despedirse como campeón y cimentar su nombre en la historia como algo más que un excelso artista de los aires con su propia escuela de terror bajo el brazo; un evangelio que hasta hace un año seguía al pie de la letra Blake Griffin.