Detroit tiene mística

Su récord es espantoso, pero esas siete victorias consecutivas que finalizaron el viernes en derrota ante los Hawks de Atlanta, sirvieron para recordar que si un equipo tiene una identidad, ese son los tipos de Motor City. Desde que Isaiah Thomas tuvo la idea de robar un poco de la imagen tribal de los Raiders de Oakland a finales de los ochenta, los Pistons de Detroit obtuvieron un sello que los ha hecho resurgir ya un par de ocasiones y les ha dado un status real en la NBA.

Desde que quedaron en el camino en los ochenta en Finales contra Boston y Lakers, los Pistons crecieron para convertirse en una rara potencia que brutalizó a la NBA dos campañas consecutivas, ganó dos anillos y luego se retiró a un segundo plano para dejar paso a la era Jordan. Cuando en 2004 los Pistons destruyeron a unos Lakers de Los Ángeles en su cuarto viaje consecutivo a una Final de Liga, todos voltearon a esa maravilla de equipo que nuevamente se había erigido a los primeros planos practicando un baloncesto agresivo, smash mouth, aplasta bocas, un estilo que dominaría y llegaría a seis finales del Este consecutivas, además de dos Finales, una de ellas de las más reñidas de la historia, a siete juegos, contra los Spurs de San Antonio (al siguiente año de su aniquilación de los Lakers), que amargamente, para ellos, perdieron.

Corte directo a esta campaña, donde no se puede imaginar a un mejor patriarca que Stan Van Gundy para encabezar la siguiente era de rijosidad estilo Bad Boys. Es porque en el deporte todo es cíclico, y la historia, en efecto, se repite. Como cuando el equipo tuvo como patriarca a Chuck Daly y éste era el perfecto líder y regente que comandaba respeto y parecía un exboxeador irlandés forjado en las más bestiales batallas. Sin uno de esos guías espirituales no se puede hablar de la clase de historia que puede estar gestándose en Detroit en estos momentos, para el futuro.

Y vaya que lo necesita la gente, en una ciudad que ha sentido como ninguna otra el outsourcing de la industria automotriz. Una ciudad que necesita de grandes conjuntos deportivos para superar poco a poco su depresión, que ya está llegando a escala generacional. Porque en su momento, cuando Joe Dumars armó al conjunto con Chauncey Billups, Rip Hamilton, Ben Wallace y Rasheed Wallace, Dumars resucitaba esa mística adormecida que tan bien le va al para muchos gris y peligroso santuario de Michigan. Una que labró sus propias estampas de coraje, como los triples matadores de Billups, Mr. Big Shot, el afro extremo de Ben, o el magnífico e icónico bloqueo de Tyshaun Prince sobre el tablero a Reggie Miller.

Tipos blue-collar con ética de trabajo y con una psique directa del basquet de vecindario, tan lejanos de la estampa de perfección de niños bien de Boston y el glamour de los Lakers de Los Ángeles.

Pero cuando llegó el momento de irse, sin nostalgias ni nada, Detroit jaló el telón sobre el rostro de sus estrellas, cuando éstos volvieron a encallar en la Final del Este y se supo que era el momento de finalizar otra dorada época.

Por tal motivo no extraña que presintiendo un nuevo renacimiento, Billups (ahora de 37 años) volviera a la alineación en la que se convirtió uno de los Pistons históricos y antes del retiro encaminara un poco el cuadro con Josh Smith y Brandon Jennings. Desde que Van Gundy estuvo en Orlando y salió en gran parte gracias a Dwight Howard, que llegó a amenazar con abandonar la escuadra si el regordete hermano de Jeff no se iba (eventualmente Dwight se fue de todos modos), se sabe que una estrella es más importante en la NBA que el coach, que siempre será el chivo expiatorio.

Lo que ocurrió recientemente, el hecho de preferir a Van Gundy sobre Smith y traspasar a éste a Houston, es de una inteligencia notable por parte de esa organización de Michigan, pues es como comprender que una nueva era de los Bad Boys podría estar en ciernes y el líder es necesario.

Con ese cuadro alto conformado por Andre Drummond y Greg Monroe, con ese Jennings que por fin entiende que para aspirar a los zapatos de Isaiah Thomas y Chuancey se requiere algo más que saber tirar al aro.

De pronto, Detroit, con esas siete victorias consecutivas, hizo recordar a muchos lo bello que puede ser el baloncesto cuando lo practica un equipo que parece abominar de esta era de sabermetrics y volver a los fundamentos más crudos del basquet. Los Pistons pueden ahora perder los siguientes veinte juegos si es el caso. Su rebelión de este año es ya una de las grandes historias de la NBA, porque es un primer aviso, un atisbo de aquello que puede ser, de la forma en que solo es posible en el deporte profesional.

Un recordatorio de que cuando se posee una identidad, el equipo volverá a la trascendencia tarde o temprano, y si no es así, estos tipos rudos ya nos regalaron una gran historia para llenar nuestra tarde.