Comienza la caza al campeón

Es decir, sí, ya comenzó la caza al campeón, ¿alguien le ha dicho a los Warriors? El repetir en la NBA es una empresa posible, su historia se ha realizado por dinastías. Pero tal vez el más difícil de todos sea el bicampeonato. Porque es un estado mental en donde el equipo monarca el año anterior se pregunta a sí mismo (o más bien la encarnizada resistencia que encuentran a su paso se los hace presente): ¿lo deseamos realmente?

Sé que no es un slogan muy popular, pero el deporte profesional en general, cuando ya se tienen las herramientas para ser campeón todo se reduce a eso: ¿lo quiero en realidad? Recuerden la auténtica anécdota de terror del Heat de Miami en el inicio de la campaña 2007-08. Miami había sido campeón ese julio luego de hacer la hombrada de ganar a los Mavericks de Dallas levantándose de un 0-2.

Meses después, todo Miami sonriente, con reluciente nueva súper estrella en la persona de Dwyane Wade bailaba y saltaba por haber conseguido su primer campeonato, el mismo equipo del año anterior se presentaba con todo el futuro por delante...

Luego fueron apaleados por 42 puntos por los Bulls. Conquistaron su división ese año, sí, pero con marca de 44-38 y esos mismos Bulls los demolieron en cuatro juegos en la primera ronda de los playoffs. Adiós al bicampeonato.

Ese tipo de panorama enfrenta cualquiera que quiera repetir, todas las noches hasta los equipos más desamparados les jugarán con todo lo que tienen. Pero los Warriors bailan. Y patean el cadáver de los demás. Y luego vuelven a bailar. Stephen Curry ya hasta creó su propio lenguaje para tomar posesión del alma del rival.

Si dio un pase exquisito hace unos goggles con sus manos mientras regresa a defender, si su "ocurrencia" fue desmoralizar al otro con un triple que parecía imposible, vocifera como si estuviera gritándose a sí mismo, pero todos sabemos que lo que quiere es hundirle la cabeza en el fango a su rival y le está gritando al otro lo que piensa hacerle a la próxima. Curry es un demonio, un competidor de aquellos legendarios.

Y luego, cuando los Warriors ganan o baila si fue una paliza o señala al cielo agradeciendo al altísimo los dones que ha puesto sobre él. Es en verdad impactante verlo. Pero no acaba ahí, cuando recibieron sus anillos de campeón, esta banda que ha cambiado el rostro del basquetbol (todos quieren ser ELLOS, en serio, hasta los Grizzlies comienzan a desearlo íntimamente), sonríe y salta como si estuvieran en un concierto.

¿No se dan cuenta que los Campeones que buscan repetir son hombres muertos caminando? No, en lugar de ello sus primeros ocho partidos son ya el inicio más dominante de toda la historia, superando al momento al de su dorada (con toda la intención), campaña de campeones después de 40 años.

A Curry y a compañía no le han dicho que Spurs persigue con sed inmoral el último para Duncan y Ginóbili; que Durant y Westbrook no pueden resistir un año más sin su primer Larry-O; que los Grizzlies tienen que entregar el título ya o comenzar la desbanda y que los Clippers quieren aprender a no naufragar tan aparatosamente.

Y que allá afuera hay lobos.

Ellos simplemente aceptaron el reto: desde la petulancia de su prístino movimiento de balón, a ellos lo que les importa es dominar con látigo de bolas de hierro hasta que ya no puedan. A ellos les interesa aplastar al resto y luego... bailar. Son un reflejo de la época: disfruta lo que tienes, hasta que ya no.