Los Clippers tienen hambre

Es algo revelador ver a Blake Griffin ganosito, como toro en celo buscando embestir con sus clavadas de antología. Y hasta hace poco Blake se quejaba amargamente de la paliza que recibía cada noche (¿pero qué diablos estaba pensando, cree a caso que a cualquier jugador de la NBA le gustaría ser "manchado" y puesto en un póster?) Pero el Blake que vimos en el primer juego ya se quitó esa estúpida idea de la cabeza de que alguien va a sentir "lástima" por el "pobrecito" Canelo de primer mundo.
Es el asunto fascinante con los Clippers los últimos años: un simple trauma mental, y en estos playoffs parecen querer quitarse todos los estigmas que han cargado y los han convertido en carne a ser digerida en segunda ronda desde ya casi un lustro. Y vaya serie que eligieron para probarse: contra Gregg Popovich y los Spurs. El Coach mentor de Mike Budeholzer nombrado Coach del Año; de Monty Williams, de los Pelicans de Nueva Orleans, de Steve Kerr de Golden State y finalmente del mismo Doc Rivers de los Clippers, todos equipos en playoffs en este año de popovisación de la liga
Son tantas cosas las que los Clippers hacían mal y ahora parecen comenzar a realizar con lucidez e inteligencia. Como muestra su ofensiva compulsiva que tiene hambre, que quiere golpearle la cabeza al contrario, eso es buen basquet, honestamente. Dos cosas a puntar del primer partido entre los Spurs y Clippers: la doble marca a Kawhi Leonard y la marca defensiva desde tres cuartos de cancha.
Es como si los Clippers quisieran de una vez por todas desterrar los malditos demonios que los han confinado en el dispensario de los "ya merito".
Con Chris Paul jugando con esa ansia, hay que decirlo, los Clippers están en una especie de proceso estilo LeBron en 2011, cuando por fin el tipo que pensaba que por ser King James un título lo esperaba al final del arco iris, se dio cuenta que tenía que arrebatárselo a los rivales.
Los Clippers parecen haber entendido que además de talento se requiere esfuerzo, ganas y mala leche cuando se requiera. A diferencia de los otros años con Doc Rivers, tienen todo para hacer valer su candidatura al título. Hasta Matt Barnes, ese jugador de estilo físico se ha puesto en su traje de Rodman, jugando esa clase de defensiva que está a un pasito de ser juego sucio que es más propia de equipos como los Bulls y no los Clippers del Lob City espectacular.
Todo conducido por Chris Paul, quizá motivado porque el perenne candidato a MVP que ha sido todos estos años ha sido dejado en un quinto o sexto plano para alabar a Stephen Curry y James Harden. ¿No sería fabuloso que Paul les demostrara de una vez por todas que merece ser campeón y ÉL es el MVP que nadie vio? En ese sentido es la oportunidad de oro para que Paul consiga ese elusivo Larry O'Brien y calle bocas, establezca un legado y no se una a Barkley, Malone y Miller en ese club de los corazones rotos.
Pero más allá del dato de que Paul sostuvo a la nave de los Clippers (parece un pleonasmo) durante la ausencia por infección de estafilococos en el codo de Blake Griffin, —que lo hizo perderse a este último el Juego de Estrellas y gran parte de los últimos meses de competencia, y que cuando regresó el pelirrojo futuro de LA los Clippers se convirtieron en la segunda mejor ofensiva de toda la NBA (solo por detrás de los Warriors de Golden State)—, lo que destaca más de estos Clippers es la canalización onda Isaiah Thomas de Paul: es esa refrescante actitud: "Es nosotros contra el mundo y jódanse todos", lo que más resalta en este LA, lo que los ha hecho madurar.
Con su multimillonario dueño, Steve Ballmer, saltando como secundario ante el vislumbre de un pezón; con la afición del Staples Center olvidando a los Lakers (¿en serio?). Es una transformación impactante: como un adolescente encontrando su voz y decidiendo que su lugar en el universo es como el alfiler y no como el cojín que otros gustan pinchar con singular alegría.