Continúa la saga de James

Vaya si le duele a LeBron ser ignorado por la otra mitad. Era LeBron James a su salida a Miami en 2010 el jugador más polarizante de la NBA, aun más que Kobe Bryant, ahora su regreso a Cleveland parece una reparación de entuerto, no solo que su agente, Rich Paul, haya visto la mejor posibilidad para que The King siga en las primeros aparadores vendiendo tenis y parafernalia sobre el regreso, también es cierto que James es un fan irredento de la NBA, y ama su historia, y el que Jordan y Bird y Magic hayan desaprobado su salida de los Cavs en busca del preciado anillo, le dolió y mucho.

Él quiere estar en ese monte Rushmore que mencionó hace unos meses (Bill Russell es el cuarto integrante de su santoral personal), quiere ser el quinto rostro en esa montaña y en buena medida si logra terminar la cruel sequía de la ciudad de Cleveland en las cuatro ligas profesionales principales, terminaría con un doloroso ayuno de 51 años (si lo logran en 2015).

No es un secreto que la ciudad de Cleveland sufrió indecibles pérdidas económicas cuando salió James, y ahora con su regreso, la ciudad ha recuperado algo invaluable que hasta desde el punto sociológico-cultural había perdido. Y su regreso, en el análisis del economista LeRoy Brooks, de la Universidad John Carroll, aparecido para la revista Time, el 14 de julio pasado, arroja que James vale casi 500 millones de dólares para la ciudad, para la economía local.

Tan solo el profesor estima que James hará que los juegos en la Quicken Loans Arena se llenen, lo cual según su estimación, traerá un incremento de 129 millones de dólares en dinero producto de venta de boletos. Tan solo en el juego de pretemporada de ayer (domingo) la asistencia fue de más de 22 mil personas.

Su hijo querido los despreció hace cuatro años, no sin antes otorgarles los primeros siete años de su carrera, llevarlos al mejor récord de la Liga dos veces y a una Final (la de 2007). Pero cuando se fue exhibió una petulancia e inmadurez que hizo mella en los amantes del baloncesto de la vieja escuela, que airados levantaron las manos en aprensión y criticaron esta época de entitlement y de triunfo sin sacrificio; de buscar el camino fácil y más rápido.

Y al estandarte de esa generación, James, lo crucificaron sin más, hasta en la mofa que le han hecho desde entonces por su pobre elección de palabras, esas de “llevar sus talentos al Sur de Florida”. El hoy otra vez número 23 se protegió al decir que disfrutaría su rol de villano. Pero la verdad es que le dolía ser el antagonista.

Es también cierto que sus detractores se regocijaron cuando James se negó a tomar los tiros importantes en la que sería su primera de cuatro Finales al hilo, contra Dallas. De cómo los Mavs, solo con una estrella, Dirk Nowitzki, dieron cuenta de la arrogancia de James y les devolvieron la creencia a esos puristas del juego en equipo, de que tenían razón, de que James no sería nunca campeón sino hasta que aprendiera a liderar a una quinteta y ponerse el equipo al hombro.

James abrazó el papel de villano, de antipático, no tanto como para tomar fotos invisibles de sus compañeros cuando finalizaban una jugada como hacían en Cleveland, pero aprendió a ser un líder y ninguno de sus trofeos de MVP fue inmerecido, el jugador simplemente demostró que era uno de los mejores delanteros bajos un fenómeno capaz de jugar todas las posiciones; una suerte de Oscar Robertson versión 3.0; una evolución drástica de las posiciones que obligaba a reevaluar toda la historia del juego.

Esta vez no solo es la telegrafiada rutina de aventar la tiza al cielo y la mercadotecnia de un nuevo trío; James, que deslumbró con su ecuanimidad en el discurso de su cuarto trofeo de MVP en seis años, había mencionado que el baloncesto para él es solo un juego, pero cuando deje de practicarlo, buscará cosas más importantes; le importa el rol de atleta profesional como modelo para la juventud y en verdad cree que puede cambiar al mundo.

El mayor reto

Sea vendimia y la simple promoción de una marca, llevar la alegría a Cleveland de vuelta, llevarles un título a los de Ohio, sí deshace un poco la afrenta que sintieron sus fans, quienes creían en él, cuando los abandonó en pos de ir a formar parte del Frankenstein de Pat Riley en Miami.

En ese caso parecía no otra cosa que James declarando la fundación de una dinastía, con su súper equipo llegando a cuatro finales consecutivas, ganando dos títulos. Era la exaltación de la soberbia, de jugadores (Wade, James y Bosh) demostrando que esta es una liga donde las estrellas importan más que los proyectos o que los entrenadores.

James declaró hace días que de haber ganado un threepeat en Miami en junio pasado contra los Spurs, definitivamente hubiera buscado un cuarto título. James está tras la grandeza de los más ilustres jugadores de la NBA, ese es su objetivo. Pero en los Cavs actuales acaba de encontrar un reto, algo difícil, una cruzada.

Y tan novelizado como si el hijo pródigo hubiera huido a buscar respuestas, a adquirir la madurez necesaria para acometer esa empresa que sí lo cimentaría dentro de los grandes de la Liga. Como si el autoexilio fuera una suerte de viaje iniciático; del héroe mítico huyendo para después regresar con el arsenal y el conocimiento necesario para intentar el gran reto.

Como resumen de la época de súper estrellas que vive la Liga, muchos detractores de James (me incluyo) lo amaban cuando anotó él solo los últimos 25 puntos de su equipo en el Juego 5 de la final de Conferencia Este en 2007, echando él solo abajo la era de los Pistons de Detroit que llegaron a seis finales de Conferencia al hilo.

Y que luego recibió una tunda en las Finales contra Spurs, quienes lo limitaron a 35.6% de tiros de campo con la marca pegajosa de Bruce Bowen, demostrándole la primera lección: “es el equipo James, aun los más grandes tenían detrás de ellos un competente grupo de individuos”.

James primero tuvo que exorcizar a los demonios verdes. Tras el deprimente circo mediático que fue The Decision (el programa televisivo con el que anunció su salida de Cleveland sin siquiera hablar primero con el dueño de la franquicia, Dan Gilbert y menos con sus compañeros, con los que parecía que llevaba una gran relación fuera y dentro de la duela), el momento en que por fin pudo pasar la presión de los Celtics, ya con Miami, fue en el que se demostró que James era un alumno prodigio y había aprendido de sus pifias del pasado.

Que solo necesitaba dejar de creer que el título le sería entregado en bandeja por ser el King que Sports Illustrated vaticinó desde que estaba en la prepa.

Y si todo es cierto, luego de esas cuatro Finales al hilo, el regresar al terruño habla de enmendar su camino, de buscar el perdón; que su misión original era darle el esquivo primer título a los Cavaliers, a su estado natal.

Con Kevin Love y Kyrie Irving parece ser una tarea más fácil; pero sin pretenderlo la saga James se está volviendo el momento más excitante de la NBA, porque ahora hablamos de etapas, de aventuras que podrían ilustrar el siguiente número de este cómic NBA, pues el ver cómo James se adapta a un conjunto, en donde sí hay un movedor de élite, lo llevará a reinventarse, tal como lo hizo en Miami, donde él era el armador a pesar de que el cargo oficial lo tenían Mario Chalmers y Norris Cole.

James ha anunciado que no será fácil, que esas dos temporadas de contrato pueden servir para tener dos oportunidades magníficas de llevar el Larry O’Brien a Ohio, pero en ese entendido, quizás sea hora de parar tanto odio a LeBron y disfrutar por fin lo que nos va a ofrecer en los próximos años.

Que acabe el odio

Y es que es difícil aceptarle otra vez. Muchos lo odian por su drible de cangrejo que él juraba que no era violación cuando claramente lo era; por esas poses de grandiosidad, cuando le acompañaban dos súper estrellas y un equipo tan bueno que llegaría lejos aún sin él.

Por esa propensión que tiene a quejarse hasta del mínimo contacto, sin comprender las leyes de la física, que demandan una mayor fuerza para detener a una mole como él cuando va hacia el aro. Por esa característica soberbia, como si estuviera haciendo algo similar a las leyendas del pasado, cuando estaba en la cima del mundo con ese equipo dinástico de Miami en una Conferencia sin competencia (¿hubiera sido Miami tan dominante si fuera del Oeste?, respuesta: ni en broma.)

Es como si James se hubiera detenido, y entendido que los grandes de este deporte tuvieron que lidiar con adversidad más allá, y que la tarea ahora es conducir a un joven conjunto a la élite, y que ahora abraza ese reto como líder, como un veterano con cicatrices, uno que quiere demostrar que sí ha aprendido de su deambular y busca ser admitido al Olimpo NBA pidiendo que se le perdonen sus lapsus brutus. ¿No es una gran historia? Lo es.

El regreso de James a Cleveland puede incluso ser como cuando Jordan comprendió que su despegue de duela y el dominio físico de su primer threepeat se habían ido, y tuvo que desarrollar un tiro de fadeaway para extender su carrera: el sabio adaptándose al cambio de los tiempos. Es excitante lo que puede ocurrir con James esta campaña.

Si como dice James no hay intención de abandonar ya al equipo de su adoración, el mejor jugador de su generación tiene ahora la tarea de llevarnos al desenlace de su, a veces, tormentosa carrera. Y puede ser un final feliz e ideal, después de todo.