Gane quien gane, comienza una nueva era

A Ras de Duela

Pude ver los rostros surcados con nostalgia por el pasado cuando Draymond Green, el delantero multiusos de los Warriors de Golden State, recibió el balón en el poste bajo de espaldas al aro para anotar, como durante décadas ocurrió. Era curioso, porque son los mismos Golden State que practican un estilo que deja ese tipo de imágenes clásicas en el pasado polvoso.

Ahora es imposible que un equipo gane tomando tanto tiempo para esa coreografía de darle el balón a un hombre en el poste bajo, en esta época ningún equipo puede ganar así. Esa época se va y ya no regresará, de eso se trata estas Finales de la NBA entre los Warriors de Golden State y los Cavaliers de Cleveland; de cómo el pasado debe hacerse a un lado para permitir la el nuevo orden.

Me imagino que es como el apocalipsis para los puristas del juego empeñados en etiquetar las posiciones y en el surgimiento de un nuevo Olajuwon. Hora de romperse la cabeza, los Cavs son un equipo en que la bujía magnífica es un delantero de poder con espíritu de movedor: LeBron; y los Warriors uno que explota hasta la última minucia el tinglado de reglas torcidas por la NBA para hacer a las ofensivas de flujo imparables; un dechado de conocimientos depurados para dar forma a una máquina de anotar inmisericorde.

Y Stephen... Stephen Curry es un jugador que intenta tiros que coaches de la vieja guardia le prohibirían, hasta algunos de sus pases le hubieran ganado la banca en otra añeja década. Pero en ésta podemos ver a su entrenador, Steve Kerr, como un porrista más; y es difícil no serlo.

Steph es un jugador que no hubiera existido sin Steve Nash, sin Allen Iverson, sin Ray Allen, es una evolución increíble. Es emocionante, es como tomar una licuadora y crear a un jugador que reinventa las reglas. Así de derriba paradigmas es esta Final, no solo por las implicaciones históricas, que llevan a ver lo mucho que se ha anhelado un título tanto en Cleveland (nunca han sido campeones) como en Golden State (no desde 1975), sino porque estos equipos son prototipos de aplicar lo que funciona, del pragmatismo, del estudio de las estadísticas y de la creación de una fórmula exitosa.

¿Cómo explicar que James tenga tanto impacto en los Cavaliers, que convierte él solo, a un conjunto con jugadores sin experiencia en playoffs, en un derribador de gigantes? Y del otro lado: escalda la piel el engendro letal que son los Warriors, como si se hubieran metido en la piel de los Suns de Nash y Mike D'Antoni, pero hayan resuelto, solo por su inmenso pragmatismo, que sin una buena defensiva, estaban perdiendo su tiempo.

A eso llegamos, LeBron encabezando un proyecto tan particular que puede definirse como un culto, con una misión de guerra santa: componer su legado, interrumpido cuando huyó a buscar el camino fácil cobijado bajo el ala de Wade y llevar el primer título en alguna de las cuatro ligas profesionales en 51 años a Cleveland.

Y del otro lado, un equipo que en el papel es mejor posición por posición, que está creado para aniquilar; pero uno por el que llevados por la sabiduría de antaño casi nos hace proferir a coro que es injusto; que Curry y compañía no la pueden tener tan fácil, que merecen ir un rato al limbo en el que estuvo LeBron y del que salió el mismísimo Jordan solo hasta que aprendió a domar a los brutales Pistons de Detroit.

Es una historia que pinta para ser épica, porque si los viejos dioses del juego escuchan, Curry aprenderá del mejor jugador sobre la tierra, que el primer anillo debe costarte sangre.