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¿Prestigio o dinero?

Era un equipo tan pobre, que lo único que tenía era dinero: el PSG.

Ayer sobre el césped del Santiago Bernabéu se enfrentaron dos modelos distintos. De blanco se presentó el prestigio de un club de socios, un equipo Real, el mejor club el Siglo XX y máximo ganador de la Copa de Campeones de Europa con 12 Orejonas.

El rival parisino vestido completamente en negro y adquirido por realeza de medio oriente, apelaba en cambio a sus fichajes multimillonarios para competir. El partido resultó tan interesante por ese contraste, representaba la batalla entre dinero y prestigio en un rectángulo de juego.

Con el resultado y aún pendientes de la vuelta en París, el PSG comprobó que el método utilizado por el Chelsea de Roman Abramovich y el Manchester City no es inmediato, hace falta mucho más que la fórmula exprés de fichajes multimillonarios para entrar a la élite europea.

El Real Madrid y sus socios han construido un club sólido durante años, esto a pesar del lamentable modelo dictatorial reciente de Florentino Pérez; el cual he explicado en columnas anteriores.

En contraste, los jeques de Qatar han apostado por la fórmula de Abramovich, el Chelsea y el  Manchester City, modelo que consiste en fichar a diestra y siniestra para hacerse de La Orejona en plan exprés y así obtener credibilidad en el mundo futbolistíco; sin embargo, a diferencia del Chelsea y el Manchester City, la inversión de Qatar Sports Investments en el PSG es estratégica.

El equipo parisino es un componente de un plan macro, un vehículo de lujo que busca la cúspide europea desde la ciudad luz con un objetivo: dotar de credibilidad a un Mundial que carece de ella.

El PSG es un elemento para construir la marca de Qatar como país a través del deporte; el inicio de esta estrategia fue la academia de alto rendimiento Aspire, después lograron notoriedad a nivel mundial con el patrocinio del frente de la camiseta del FC Barcelona. El siguiente paso fue adquirir el equipo parisino e invertir más de 300 millones de euros en fichajes durante este verano para intentar acceder a la credibilidad que otorga ganar la Champions League. Todo ello con el objetivo de organizar el primer Mundial de futbol en Oriente Medio en el año 2022.

En todas estas fases el gobierno de Qatar ha contratado y/o patrocinado a los principales futbolistas, técnicos, Ligas y equipos del panorama futbolístico global; la larga lista incluye a Zinedine Zidane y Josep Guardiola como embajadores y/o portavoces de la candidatura mundialista.

Resulta irónico que Zidane sea el técnico que pueda sacar al PSG de la Champions esta temporada; como también resulta curioso que el otro embajador, Josep Guardiola, a quién yo conocí en Londres promocionando la candidatura qatarí, hoy lideré bajo una fórmula similar al otro equipo multimillonario financiado desde Medio Oriente.

Esa fórmula exprés funcionó solo en el año 2012, cuando el Chelsea y Abramovich por fin lograron la credibilidad europea que buscaban al levantar La Orejona.

Dos de las ciudades europeas más importantes, Londres y Paris, solo tienen una Champions League; lo cual es indicativo de lo complicado que es ganar este torneo.

Así mismo, a dos de los tres grandes equipos del mundo, tampoco les ha sido fácil.

El Barça no la pudo levantar hasta 1992 y este año se cumplirá una década desde que el Manchester United ganó su tercera y más reciente Liga de Campeones de Europa. Por ello, la Champions es un torneo tan especial y ayer en el Santiago Bernabéu prevaleció el modelo de costumbre; el del máximo ganador histórico de la competición, un equipo de socios que apelando al orgullo, a la tradición y a saberse ganador, logra históricas remontadas con un asfixiante empuje final acompañados del espíritu de Juanito. Esto ante la fórmula exprés de un PSG, que a pesar de su sede y afición, su imagen actual es la de un equipo tan pobre, que lo único que tiene es dinero.