Otra Óptica

Peor que el matrimonio

La apasionada y tormentosa relación de los clubes con sus barras es peor que el matrimonio, es una relación codependiente que tiene consecuencias.

Para mí, el vínculo que los clubes de futbol mantienen con sus grupos de animación es una relación codependiente.

Las dos partes tienen características de este tipo de relación. Los aficionados que se afilian a estos grupos o barras encuentran en ellas ideas, valores, proyectos e identidad.

Mientras que en el caso de los clubes, éstos les otorgan acceso y ciertas facilidades en muchos casos, buscando en ellas la ambientación de sus partidos. Esta combinación genera una codependencia afectiva digna de estudiarse, en la que incluso algunos futbolistas se involucran; haciendo esta relación aun más complicada.

Barras, Ultras, Boixos, Young Boys, Rebel, Monumental o el nombre elegido para la barra pretende reflejar la identidad de la misma.

Las cánticos o porras en versiones originales o adaptadas de las barras argentinas (cuyos derechos de autor fueron registrados por un oportunista) también pretenden comunicar qué tan apasionada y radical es esa agrupación.

Sin embargo, a pesar del nombre y las letras de sus canciones, en el fondo estas barras comparten muchas similitudes. En principio la mayoría esta formada por jóvenes que se encuentran buscando la identidad que en años venideros su carrera y familia marcarán. En el futbol encuentran el desfogue a esa energía juvenil que todos hemos tenido.

Díganme si me equivoco, pero no es común encontrar mayores de 40 años en estos grupos, a excepción de sus líderes.

Así como las marcas de lujo representan señales de estatus para sus portadores, los colores de los equipos y sus jerseys son el equivalente para los integrantes de las barras. Al grado de que en muchas casos, estos aficionados recalcitrantes se definen en sus biografías de redes sociales con el equipo al que apoyan.

Hasta ahí es muy respetable, ya que cada quién encuentra identidad en lo que le dé la gana. Así como los mirreyes y wannabees la encuentran en los coches y marcas de lujo, es perfectamente comprensible y respetable que algunos aficionados la encuentren en sus equipos y los grupos de animación de esos clubes.

Lo que me parece tóxico es cuando los papeles se confunden. Cuando son las barras las que presionan (o son mandadas a presionar) a los futbolistas para conseguir resultados en la cancha.

Ese papel corresponde a entrenadores y directivos; sin embargo, como todo el futbol mundial estaá rodeado de intereses entre entrenadores y directivos con representantes, aquellos que deberían de exigir el rendimiento de los futbolistas no tienen la autoridad moral ni la entereza para hacerlo.

Los beneficios que tienen las barras van desde boletaje hasta derechos de propiedad intelectual que clubes y directivos les han cedido con tal de mantener esa relación codependiente andando.

Incluso en varios países se toman medidas de seguridad específicas en el control de accesos de estos grupos, las zonas opuestas del estadio donde se les sienta y la salida de los mismos del estadio.

En Barcelona, por ejemplo, ni los taxistas se acercan al Camp Nou en las noches de Champions con visitantes de aficionados radicales y la salida de las mismas es muy controlada.

En otras zonas europeas estos grupos también comulgan con corrientes racistas y radicales que han propiciado batallas campales previamente acordadas.

Este año vimos a supuestos hinchas del Feyenoord y AZ Alkmaar en escenas realmente tristes y en la Euro del 2016 el comportamiento de grupos de hinchas rusos fue lamentable.

La transición del deporte a entretenimiento va en sentido opuesto a los comportamientos tribales que las barras promueven en el futbol para defender su territorio. Los directivos frecuentemente se encuentran en una encrucijada. En la cual piensan que si prescinden de las barras, al menos en el corto plazo, el ambiente en el estadio será fúnebre; por lo tanto la percepción sería de un equipo sin convocatoria y una plaza sin pasión. Situación que consideran conllevaría críticas de la prensa y menos interés de patrocinadores y televisoras. Eso no necesariamente es cierto, ya que las grandes Ligas americanas han comprobado otra fórmula, aquella de generar un espectáculo, el cual los aficionados acuden a apreciar bajo normas de comportamiento que deben seguirse en el respeto al equipo, jugadores y afición rivales.

Esto en lugar de la idea que el futbol privilegia. Ese concepto de una batalla, a la cual asisten integrantes de las tribus de ambos lados para asegurar la victoria de uno u otro a como de lugar con métodos de intimidación en rituales, cánticos, marchas, etc.

Salir de una relación codependiente es sumamente complicado. En Inglaterra, Margaret Thatcher mostró al mundo que se puede llevar el futbol a un plano menos violento y por ello entre otras razones se le conocía como la Dama de Hierro. Poco se ha hecho desde entonces y la FIFA necesita su propia versión de la ex primera ministra británica para establecer relaciones más sanas entre los equipos y sus grupos de animación.