Detrás de…

De mi vida y de la muerte

“Después de todo, la muerte es solo
un síntoma de que hubo vida”

Mario Benedetti

 

En la avenida principal de la ciudad colonial de Chóix, Sinaloa, podías encontrar fácilmente a mi tío-abuelo Melchor Cota sentado en una banca de madera, platicando con el Charolas –amigo de la familia– tomándose una Coca-Cola y comiendo un pan dulce, mientras esperaban a la muerte debajo del letrero pintado en la pared frontal de su negocio: “Funeraria San José”. Tenía alrededor de ocho años de edad cuando vi por primera vez un cadáver.

Fue una buena época para los Cota Chávez, eran los únicos que ofrecían ese servicio en la ciudad y todos en la familia participaban del negocio. Los más jóvenes: mi tío Chalo y mi tío Titán, acompañaban a su papá a recoger el cadáver, después lo metían en una cámara y lo colocaban en una especie de mesa de acero inoxidable donde lo lavaban para después arreglar los detalles que los hacían ver más presentables para su funeral como pegar la boca con Kola Loka para cerrarla cuando estaba abierta.

Esto sucedía al tiempo que los familiares después de haber elegido el ataúd, los cirios y proveer la ropa, esperaban en la sala de velación o en la calle, llorando su pérdida. Las mujeres siempre lloraban más. En ocasiones gritaban tan fuerte, que para una niña de ocho años era imposible no contagiarse. El dolor de perder a un ser querido lo aprendí observando y lo experimenté desde la puerta.

En esos años en los que vi ir y venir cadáveres, en la misma suburban café en la que después me llevaban al río a pasar los calientes días de Semana Santa, dejé de asustarme por los fantasmas inventados por las siluetas que la oscuridad plantea cuando apagas la luz de tu cuarto y, fue entonces que comencé a sorprenderme de la capacidad de algunas personas para expresar su dolor mientras que otras, solo bebían café. Comprendí que la muerte y la vida, se complementan y no podremos jamás separarlas, “después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

Esta semana, en que la tragedia se materializó en el accidente aéreo del Chapecoense de Brasil. La muerte me hizo vivir primero, la consternación que causa una noticia de esta índole. Luego, la incredulidad de las historias que rodearon este atroz incidente y a la postre, el sello de nuestra época. Una época de adelantos en tecnología y comunicación que facilitó la documentación de cada momento previo al catastrófico avionazo. Pero nada me arrancó las lágrimas como la desesperación y el miedo que escuché en los audios recuperados de la última conversación del piloto de la aeronave con la controladora aérea en turno. Nada me apachurró el corazón tanto, como el torturante pensamiento: ¿qué habría hecho en su lugar?  

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