Fue al balón

El "Piojo" y la granada bajo la almohada

Antes de que Miguel Herrera asumiera en la selección, en medio de una crisis terrible de confianza y agravada por el fastidio que los jugadores tenían por José Manuel de la Torre y su estilo sin concesiones, la verdad es que a nadie le importaba por qué Miguel era como siempre ha sido, un loquillo.

En los meses posteriores, Miguel gozó –y abusó- de su manto de impunidad, era el tipo buena onda siempre dispuesto a contestar el teléfono, a dar entrevistas, banqueteras o formales, amenas o serias, nos reímos de sus festejos y nos alegramos de que diera la portada nuestra de cada día; lo mismo fue materia de memes que se chistes agrios y, bueno, hasta la Pioja –su hija- entró a cuento. Abierto y sincero, Herrera vino y salió de las redacciones con pasaporte mágico, pero siempre al borde del incendio y aunque lo supimos, también lo toleramos; a cambio, nos conformamos con tenerle a la mano. Como dormir con una granada bajo la almohada.

En las recientas horas he escuchado que los medios son los culpables del monstruo en que se convirtió Miguel y no lo creo, en lo absoluto; pero seguro sí cómplices; ahí están los que lo halagaron meses y ayer enmudecieron ante la nula efectividad de la defensa, pero también estamos los que no pusimos empeño en advertir en lo que se estaba convirtiendo el técnico nacional, un energúmeno desatado y desubicado.

Es buen momento para que Miguel se retire, se guarde en casa y medite el tiempo que él quiera y necesite el porqué del extremo, la agresión a otro ser humano, vale madre el nombre y el puesto, el mismo efecto tendría –lo creo- si se tratara de un auxiliar, un taxista, a un maletero o el mismísimo Christian Martinoli, importa el hecho, repugnante e inédito.

Es buen momento para que se disculpe, lama las heridas y quizá, esperar un golpe de suerte, que lo regrese adonde labró su último gran éxito, el único; allá, en Coapa.  

 

hector.gonzalez@milenio.com

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