Sobre héroes y hazañas

El prodigioso "Sugar" Ray Robinson (segunda y última parte)

Nadie habrá de dudar respecto de que en la lista de los 10 mejores boxeadores de todos los tiempos descuellan Muhammed Alí, Joe Louis y Sugar Ray Leonard. Eduardo Lamazón, quien pondera a Robinson como número dos de la historia del pugilismo, coloca a Alí en séptimo, a Sugar Ray Leonard en décimo y a Joe Louis en décimo primero (El boxeo en números, p. 59).

Pues estos tres gladiadores han considerado como el as de ases del boxeo profesional a Sugar Ray Robinson, el atildado boxeador que culminó sus días aquejado por el gesto irónico de padecer diabetes mellitus. Demasiada azúcar, dijo Jack LaMotta “y no sé cómo no me volví diabético” (se refería, por cierto, a las seis escaramuzas que libró contra Robinson). Es verdad que en los duelos personales perdió cero a dos con Harrington y Pender y es verdad, asimismo, que de sus cuatro batallas contra Gene Fullmer solo ganó una (dos reveses y un empate), pero nadie endilgó nocaut efectivo a quien se movía con una parsimonia y una astucia que además le posibilitaron, tras su primer retiro, dedicarse al baile y hacer negocios con su gran amigo Joe Louis.

Es difícil trazar en unas cuantas líneas la majestuosidad de uno de los boxeadores más espectaculares y efectivos de la historia de la categorías welter, mediana y semipesada. Nuestro protagonista fue considerado por nadie menos que Julio Cortázar como “la flor final, donde la más perfecta conciliación del arte y la ciencia se llamó Sugar Ray Robinson” (La vuelta al día en ochenta mundos, tomo II, p. 128). Sé que sus victorias sobe Kid Gavilán y su par de enfrentamientos contra Carmen Basilio fueron joyas de inestimable estirpe. A Basilio, por cierto, le reclamó que le hubiese ganado la distinción como mejor boxeador del año. Una distinción que varias veces condecoró la pechera de quien noqueó al mítico Toro Salvaje Jack LaMotta, un sobreviviente que frisa los 95 años y que recuerda con gratitud y cariño mayúsculos al hombre que ganó más de cuatro millones de dólares y terminó sus días uncido al potro de la miseria.

Hoy recuerdo al inmenso Sugar Ray Robinson, ese prodigioso esteta que nos iluminó la vida con sus peripecias sobre el ring y que guió el río de nuestras sonrisas hacia el más profundo mar de la verdadera alegría.   

 

gilpradogalan@gmail.com