Sobre héroes y hazañas

La piedad del "Maromerito"

El concepto “matar al padre” fue enunciado por Sigmund Freud y alude, de modo metafórico, a la liberación de la férula  o tutelaje respecto de la figura paterna. En los deportes, y de manera concreta en el boxeo, “matar al padre” significa mancillar al rival idolatrado. Los ejemplos saltan a la vista y afloran a pasto: Rocky Marciano y Joe Louis, Manny Pacquiao y Óscar de la Hoya: dos botones de muestra y, el fin de semana pasado, Jorge Maromerito Páez y Antono Margarito.

Estuve en la Arena Ciudad de México para presenciar el retorno de Antonio Margarito a los cuadriláteros. Confieso que el público se decantó, de manera alternativa, por ambos gladiadores, sin mostrar una preferencia franca o decidida hacia alguno. El combate transitó de manera previsible: El Maromerito, lastrado por la circunstancia de haber tenido que subir de peso, avanzó a pie firme sobre el cuadrilátero con alma incombustible. Antonio Margarito, sabedor de su letal pegada, confiaba sacar raja en el intercambio de metralla, pero en el sexto round quiso el Maromerito liquidar al Tornado. Después la pelea giró a favor del Maromerito quien, tan rápido como poderoso, depositó a Margarito en la lona. La mujer de Antonio Margarito entró en crisis al ponderar la gravedad de la caída. Entonces germinó en el pecho del Maromerito la piedad hacia su ídolo. La paliza a su ídolo temperó su sed de triunfo y en los sucesivos rounds solo marcaba los golpes

La salva de aplausos, justo cuando declararon vencedor a Margarito, fue secundada por el Maromerito Páez, lo que evidenció su afición por su rival. La ovación fue delatora. En síntesis: pudo más el respeto admirativo hacia el ídolo Antonio Margarito que la fragua a machamartillo de la apropia gloria: la piedad del Maromerito

 

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