Sobre héroes y hazañas

El olvidado oficio de caminar

Caminamos a favor del lado donde tenemos la cara. Esto significa que, desde la perspectiva anatómica, estamos puestos en el mundo para enfrentar las cosas, para encararlas. Y  es cierto que la colocación de los ojos nos hace, también, animales predadores, hechos para perseguir, no para ser perseguidos; en cambio, otros animales, conejos o lagartos, no tienen los ojos al frente de la cara, sino en los costados del rostro.

Las piernas no quieren ser utilizadas por quienes habitan los coches, ahítos de tener que cargar, todos los días, como en el poema de Lope, la arquitectura de sus huesos. En Estados Unidos, por ejemplo, he escuchado el grito que desconcierta al peatón al cruzar por una avenida en donde solo son permitidos los vehículos.

El hombre ha inventado, sobre la piel de los días, la protección del pie, los zapatos, las alpargatas y, sofisticación que funge como instrumento de tortura, los zapatos de tacón alto: plinto para las mujeres que yerguen su estructura ósea como flamingos o garzas. En los pueblos como el mexicano la tradición de los marchistas es un símbolo que reproduce, siglos después, la andadura de los aztecas en pos de los signos fundacionales. Los triunfos de la velocista Ana Guevara han desmentido la tradicional aseveración: México camina bien, pero no corre. En las antípodas, Alejandro Cárdenas, atleta mexicano que, tras de su aparente lesión en aquellos Juegos Olímpicos, dijo con un alarde que luego se tornó humillación y lágrimas de adolescente: “México puede estar tranquilo, Alejandro Cárdenas correrá mañana”. La tranquilidad del país, en los pies de un corredor, me pareció más segura que en las botas de los políticos. ¿Es posible confiar la bienandanza de un país a un par de piernas? No son las desviaciones de la nariz de Cleopatra, como quería Blas Pascal, quienes alteran el curso de la historia, sino la reciedumbre y velocidad de las piernas de Abebe Bikila o la fortaleza de las extremidades inferiores de Soraya Jiménez, Atlas mexicana que sostuvo los discos terráqueos de su pesa en los Olímpicos del año 2000.

Torno a la reflexión inicial: caminamos en octosílabos, como imaginó Dámaso Alonso. “Iba yo por un camino/ cuando con la muerte di”: cada cuatro pasos se pronuncia un verso: un paso implica la duración de dos sílabas. Por esto, porque el ritmo habitual de la conversación en nuestro idioma es el verso de ocho sílabas, debemos fomentar el olvidado oficio de caminar. Hagamos poemas con el desnudo ritmo de nuestros pasos. Y digo todo esto porque la caminata, esto es, la marcha, es después del boxeo el deporte que más satisfacciones nos ha dado.  

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