Sobre héroes y hazañas

La guerra mundial de 1968

Efrén el Alacrán Torres, campeón mexicano, disputaba el cetro mundial al espigado y correoso tailandés Chartchai Chionoi. Durante el pleito asombró la cortada de Torres quien había sido derrumbado con potente derecha por Chionoi en el segundo asalto. Esa misma sangre, decía el cronista, paradójicamente enardecía más al Alacrán. Jocosa la descripción del refresco de moda: “En este pleito puede pasar cualquier cosa, pero lo que sí es cierto es que Coca-Cola refresca”. El Alacrán Torres atacaba con su maravilloso gancho de izquierda y con el remate de la derecha a la cabeza. Quizá nadie se había medido con tanto pundonor a Chionoi como Torres: vaya frenético intercambio de candela. Efrén Torres tenía la casta brava y guerrera. El asiático la mirada calculadora, casi asesina. Torres tuvo tres enormes rounds que pudieron definir la pelea a su favor: el cuarto, el séptimo y el undécimo. En los tres atizó mandobles furibundos que hicieron tambalear al tailandés. Al promediar la pelea el ojo izquierdo de Chionoi estaba cerrado y por la nariz y la ceja izquierda de Torres fluía sangre, pero el tapatío sabía que había logrado entrar en la guardia de su oponente con bombazos a la región hepática y al rostro. No fue falta de condición física lo que determinó el desenlace de la pelea. Fue la desventurada circunstancia de la herida de Torres en la ceja: una cortada de dimensiones alarmantes. El duelo de pesos moscas estaba pactado a quince asaltos. En el episodio décimo tercero Chionoi asestó letales izquierdazos al rostro del Alacrán. El médico dijo que el riesgo era mayúsculo y allí terminó todo. Lo que siguió tras el final de la pequeña guerra mundial fue, de verdad, increíble. En un gesto de cortesía deportiva el tailandés quiso saludar a su rival y expresarle el reconocimiento por la gran pelea que había dado. Chionoi, pálido, desmayado, se desplomó a los pies del Alacrán. Tuvieron que aplicarle una mascarilla de oxígeno para que volviera en sí. Un agarrón inolvidable. 

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