Sobre héroes y hazañas

El carismático Fausto Coppi

Es justo recordar el romance entre El Campeonísimo Fausto Coppi y La Dama Blanca Giulia Occheli. Corrían los años cuarenta en Italia y Giulia abandonó marido e hijos para acompañar a uno de los más grandes ciclistas de todos los tiempos: el agnóstico Coppi. Un hombre que sostuvo cerradísimos duelos con el monje volador Gino Bartali y que moriría presa de la malaria tras un viaje a África. Los seguidores de Coppi no querían a Occheli porque creían que mermaba al ciclista condición física. Algunos incluso inventaron que ella lo había envenenado tras su regreso de África. Coppi era carismático, seductor y poseía el veleidoso imán de la fama. Su encarnizada lucha contra Gino Bartali, célebre en todo el país, tuvo un punto de inflexión impresionante. Bartali, en la recta final de una carrera, empataba con Coppi, pero tenía una sed enorme. Aquella boca seca hizo que Bartali pensara en desistir. El bidón de Coppi, en cambio, estaba casi repleto. En un gesto inusitado, Coppi acercó su bicicleta a la de su enemigo deportivo al tiempo que le decía: “Toma, Gino, bebe”. La generosidad de Coppi fue recompensada y, al final, él conquistó el Tour de Francia (1949). Bartali, por supuesto, quedó segundo y agradecido hasta el último de sus días. Coppi y Bartali encarnaron la división política, religiosa y deportiva de la Italia de entonces: Fausto era agnóstico, liberal e izquierdista; Bartali era católico, conservador y derechista. Los aficionados se decantaban por su favorito de acuerdo con las propias creencias. Fausto Coppi, irritó a las buenas conciencias al enamorarse de Giulia Occheli. Lo dice mejor Pío Baroja: “La deshonra no existe sino hasta que se hace pública”. El amor público fue castigado por los seguidores de Coppi y la relación devino escándalo. Vidas como la de Coppi son alentadas por una indudable pátina poética: gran deportista, gran amante y luchador en la Segunda Guerra Mundial. Dejó la bicicleta por las armas. En los Giros de Italia, aún en estos tiempos, el espectador puede apreciar cómo la gente guarda devoción a Coppi en pancartas con la figura del narizón que enamoró a los italianos con su hipnótica manera de guiar su bicicleta. 

 

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