Sobre héroes y hazañas

Los caminos de Proteo I

José Emilio Pacheco in memoriam

Hay escritores que se dedican de manera íntegra (en cuerpo y alma) a la literatura. Se trata de seres excepcionales: parecen desasidos del mundo, absortos en la fragua de una obra que no necesita el oro falso de la admiración bovina. En la América Latina del siglo pasado destacaron tres autores inscritos en esta concepción absorbente de la imaginación creadora: José Lezama Lima, Octavio Paz y Jorge Luis Borges. El cuarto en la lista avanza venturoso en el entrecruce de los siglos XIX y XX: José Emilio Pacheco. Estos intelectuales son, en el más riguroso sentido de la expresión, hombres de letras. Adentrémonos en el árbol creativo del Premio Cervantes 2009.
El libro con que Pacheco conquistó el Premio Aguascalientes de poesía, No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968), es una feliz llave para transitar los múltiples y dilatados caminos de una tan fecunda como diversiforme obra literaria. Poeta en todos los géneros, este autor se desdobla con fortuna en sus artículos, crónicas, narraciones y ensayos. No conozco un ensayo más punzante sobre Piedra de sol de Octavio Paz que aquel coronado por una cita de Cyril Connolly relativa a los tres ejemplares del poema de Paz con que José Emilio desea viajar al otro mundo: «tengo tres ejemplares de Piedra de sol: uno para leer, uno para releer y uno para ser enterrado con él».
El tiempo de este autor es el tiempo de quien se repliega y vela armas para avivar la luz de la imaginación y ofrecer al lector sus frutos más granados: desde la trinchera inteligente de sus artículos en la revista Proceso, donde durante años trazó con erudición exenta de pedantería la recensión de figuras borradas por la sombra, la recuperación de perfiles literarios olvidados por el menosprecio de la moda y la reviviscencia de pasadizos y pliegues ocultos, recónditos: los marginados que pone de pie frente a nosotros el polígrafo poeta.
Digamos que esos dos grandes brazos de mar (su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo y su columna en Proceso) inducen a la lectura de la otra obra del escritor mexicano: sus cuentos alentados por el rigor y la fantasía, aunque parezcan términos enemigos: El viento distante y otros relatos (1963) y El principio del placer (1972). A mitad del espectro temporal de ambos libros destaca la novela Morirás lejos (1967) donde, con malicia literaria impar, el escritor entrevera ríos narrativos para erigir un texto polisémico y polifónico: una novela con doble zurcido histórico y psicológico que perfila la hechura de un experimento literario recreador de la vida cotidiana y el ambiente sociológico de Ciudad de México en la franja promedio del siglo XX (1948) desde la colonia Roma y a través de los ojos frescos, pícaros y desconcertados de un niño: Batallas en el desierto (1981).


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