Sobre héroes y hazañas

El atrapadón de Willie Mays (Serie Mundial de 1954)

Entre las principales atrapadas de todos los tiempos destaca la del plurifuncional jugador de los Gigantes de Nueva York Willie Mays. Corría la octava entrada del primer juego de la Serie Mundial entre los Gigantes y los Indios de Cleveland. Una Serie que sería barrida por los Gigantes. El toletero de los Indios Vic Wertz conectó un batazo alto y profundo al campo central patrullado por Mays. El jardinero de los Gigantes inició una larga carrera hacia la barda al escuchar el impacto de la pelota. La carrera fue rápida e intensa y, lo más significativo, de espaldas al home. Mays alzó el guante y se quedó con el trancazo de Wertz de manera increíble, inesperada, dramática. Había intuido la trayectoria de la pelota y, con el guante frente a su cara, atrapó el proyectil y de inmediato se dio la vuelta para impedir un mayor avance de los corredores. Exhausto, Willie Mays cayó al suelo. El frenesí de la jugada le voló la cachucha. Esa jugada es conocida en el mundo del beisbol como The Catch. Un hombre que ganó doce veces el guante de oro y que todo lo hacía bien: bateaba, bateaba con poder, corría las bases como galgo, fildeaba como príncipe y tiraba como nadie: un todoterreno inolvidable. Por eso Mays quedó ubicado como el segundo lugar, entre los cien mejores jugadores de la historia, según la afamada lista de The Sporting News.

Ted Williams dijo que los juegos de estrellas se habían inventado para Willie Mays (participó en 24).

En el repaso mental de las más espectaculares atrapadas del beisbol de grandes ligas la de Mays lleva mano. Recuerdo la de Joe Rudi en la Serie Mundial de 1972 entre Cincinnati y Oakland. Rudi se estrelló contra la barda y su guante cruzó la franja de advertencia para sacar la pelota del otro lado. Era la novena entrada del segundo juego de la serie que sería ganada por los Atléticos cuatro juegos a tres. Recuerdo asimismo los atrapadones de Brooks Robinson o de Graig Nettles en la tercera base o el pasmoso atrapadón a mano limpia del jardinero Delmon Young, pero ninguno como el de Willie Mays: un hombre que, además, lucía como eje central de su carisma una sonrisa fácil y entrañable. La sencillez del genio, la transparente sinceridad de uno de los deportistas más grandes del siglo pasado.

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