Sobre héroes y hazañas

La absurda muerte de José Fernández

Siempre que fallece de manera inesperada un deportista joven recuerdo la falacia de la prelación en el orden de la muerte. Cuando murió el Hijo del Perro Aguayo escribí: “Al margen del análisis fino respecto de la incuria o descuido de quienes deberían estar alertas para atender de inmediato los contratiempos físicos en los encordados, la muerte del Hijo del Perro Aguayo me hizo pensar en la falacia de lo que el poeta de Valencia ha llamado “prelación en el orden de la muerte”.

¿Qué significa esto? Significa que, en atención a la edad, los padres deberían morir antes que sus hijos. Nada más falso porque la vida humana es vulnerable y susceptible a padecer los embates y los envites del azar, la malhadada suerte de los accidentes, el sino incomprensible de la desgracia que sobreviene de repente”.

Lo mismo pensé cuando murió el ariete ecuatoriano Christian Benítez. En mi reciente artículo sobre José Fernández olvidé lo más medular: el lanzador cubanoestadunidense de los Marlins contaba solo 24 años, esto es, las puertas de un porvenir luminoso estaban abiertas de par en par. Y sin embargo..., de manera por demás absurda lo reclamó el destino.  

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