Sobre héroes y hazañas

Vindicación de los zurdos

En la zona correspondiente a la explicación de la palabra cenit Jan Corominas desliza el nombre de Anastasio Pantaleón de Ribera, un escritor famoso por su libro Vejámenes: piezas literarias donde pone en evidencia, por sus contratiempos psíquicos o físicos, a varios coetáneos habitantes del Madrid en el umbral del siglo XVII. Y llama la atención la crítica enderezada contra Carinemo “poeta italiano y confirmado loco, porque vive en casa del nuncio. El principal objeto de su locura es ser zurdo”. Y luego lanza versos como venenosos dardos contra la lateralidad de Carinemo. Líneas de verdad deliciosas: “Nací en Roma, no estevado,/ni zambo, manco, ni cojo,/revegido ni contrecho,/y, sin nacer, corcovado,/ni tener turbio un ojo,/no pude nacer derecho”. Estos acerados venablos verbales me hicieron pensar en los grandes zurdos que en el mundo han sido y, de manera especial, en los deportistas que triunfaron gracias a su remo izquierdo como, por ejemplo, en la cancha de tenis, Martina Navratilova, John McEnroe y Rafael Nadal o, en los estadios de futbol, acaso los tres más grandes: Pelé, Maradona y Messi. También han corrido mares de tinta, perdón por el lugar común, acerca de la poderosa mano izquierda de Muhammed Alí o respecto de la poco ortodoxa manera de conducir su monoplaza el inmortal Ayrton Senna. En los versos de Pantaleón de Ribera hay que explicar revegido (enclenque) y estevado que es lo contrario que zambo como explica Sebastián de Covarrubias: “Zambo: el que pisa para afuera, al contrario del estevado”. El estevado tiene las rodillas muy separadas al contrario que el zambo. Pues bien, el gran Garrincha era zambo. Perdón por el excurso. Vuelvo a los zurdos. Cierro mi reflexión sobre los zurdos que han brillado en el deporte con una tripleta de lanzadores que plantaron cara en la gran carpa del beisbol: Sandy Koufax, Fernando Valenzuela y, aún activo, el fenómeno Kleyton Kershaw, serpentinero de los Dodgers de Los Ángeles. Por eso quise escribir sobre quienes, como Aristóteles o Einstein, nacieron con el maravilloso brazo “equivocado”.

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