Sobre héroes y hazañas

Stefano Borgonovo in memoriam

La conversación, escribió Baltasar Gracián, es el mejor viático en el camino de la vida. Y en charla con mi amigo romano Davide Corizzo evocamos el extraordinario ejemplo existencial del ex futbolista del Fiorentina y del Milán Stefano Borgonovo, cuyo apellido era apocopado cariñosamente como Borgo.

Borgo fue un hombre que en sus últimos años vivió uncido a una silla de ruedas, paciente de la Enfermedad Lateral Amiotrófica, mal de Charcot o de Lou Gehrig, el legendario jugador de los Yanquis quien sufrió este malhadado cuadro de parálisis gradual de las neuronas motoras en el crepúsculo de la década de los treinta del siglo pasado. Enfermedad brutalísima padecida asimismo por otro ex jugador Gianluca Signorini y por el afamado físico Stephen Hawking.

Borgonovo luchó de manera infatigable contra su padecimiento tal como lo reseñaron los diarios italianos: “Borgonovo, enfermo de ELA, lucha por vivir”. En el 2007 se salvó de morir gracias a una traqueotomía. En la cruzada por la supervivencia le acompañaron su mujer Chantal e hijos y también fidelísimos amigos como Roberto Baggio, Gennaro Gatusso o Carlo Ancelotti. Borgonovo, aquejado por una parálisis creciente, activaba con sus pupilas un ordenador parlante. Escribía para la Gazzetta y su último mensaje fue un elogio para Massimiliano Allegri, a la letra: “En mi opinión, Allegri se ha ganado con creces ser el ENTRENADOR y ¡con mayúsculas! Y no sólo por haber ganado el Scudetto en su primer año y por ser subcampeón la temporada pasada, sino por su buen hacer esta temporada”.

Borgonovo, en su lecho de muerte, recordó el fantástico gol que le anotó al Bayern en la semifinal de la Copa de Campeones 1989/1990. Recordó, asimismo, el binomio letal que conformó con su gran amigo Roberto Baggio. Y en la reminiscencia revivió, asimismo, sus proezas con el Fiorentina y urdió la evocación de su vida antes de la enfermedad, cuando era un bienandante jugador: joven, hermoso, rico y saludable. Y luego cerró los ojos mientras su mujer apretaba un crucifijo al tiempo que estrechaba la mano inerte del apodado “Delantero nato”.

Ciao, Stefano. Riposa in pace.

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