Sobre héroes y hazañas

Santos en el infierno

En el futbol mexicano el cielo y el infierno pactan nupcias. Los extremos se tocan. David mata a Goliat y luego David vuelve a ser un humilde hondero. Digo esto por lo que ocurre en este torneo al campeón del futbol mexicano, al Santos Laguna. Entró a la fiesta de la Liguilla, como sabemos, por la tronera, esto es, por esa ventana pequeña por donde pasa escasamente la luz, según la definición de la RAE. Entró por la tronera –a quien Dios le ha de dar por la tronera le ha de entrar- y ganó su quinto campeonato. No resto mérito al trabajo realizado por Pedro Caixinha. Ya en su momento reseñé la bondad de su papel como timonel santista, pero advierto que la sombra de lo inverosímil se cierne sobre el futbol profesional mexicano. Un futbol donde el campeón arrastra la cobija casi a la mitad de la justa. ¡Imaginen al Barcelona como colero en la Liga española hogaño! Impensable, imposible. Pero México es el país más propicio para la emergencia de lo inimaginable. Y el campeón Santos repta en el último escaño dirigido por un hombre experimentado que ya fue campeón en Israel y que, además, ha sido auxiliar de Rafa Benítez, el actual director técnico del Real Madrid, incluso en el llamado milagro de Estambul cuando el Liverpool doblegó al Milán de Ancelotti.

La tarea de Francisco Martín Ayestarán Barandiarán se antoja hercúlea, kalimanesca: sacar de la barranca a un equipo desencuadernado, hundido en el regodeo marchito de las glorias pasadas. Ahora más que nunca recuerdo la frase que es moneda corriente en Argentina y que solía repetir ufano uno de los más grandes directores de cine del país sudamericano. Me refiero a Leopoldo Torre Nilsson. Sí, sí, el director de La mano en la trampa. Torre Nilsson, quien desapareció del mundo en la juventud de la madurez, si me permiten el aparente contrasentido, cuando apenas había cumplido 54 años, decía con frecuencia: “En la mala hay que agrandarse”. Esto mismo deseo yo para el cuadro de la comarca lagunera dirigido por Pako Ayestarán: ¡En la mala hay que agrandarse! 

 

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