Sobre héroes y hazañas

Ronaldinho o el himno a la alegría

En el crepúsculo del 2005 pude ver en un bar madrileño el clásico español entre Barcelona y Real Madrid. La exhibición del Barcelona incluyó un maravilloso doblete de Ronaldinho (ganaron 3 a 0) y recuerdo bien que de manera unánime el Bernabéu se rindió a los pies de un hombre que nació en una ciudad cuyo apellido incluye el sello distintivo de su amor al futbol: Porto Alegre. En 1983 el Bernabéu había brindado una emocionante ovación a Maradona. Sólo jugadores con esta subyugante alegría pueden contagiar a los forofos o aficionados de los equipos rivales. Entonces Dinho contaba con 25 años y habría de ganar la Liga y la Champions para consagrarse como uno de los mejores jugadores del mundo. La panoplia ofensiva de quien nació en el amanecer de la primavera de 1980 comprende regates, tiros de media distancia, colas de vaca, bicicletas, cambios de ritmo y un sinfín de trucos y habilidades que repletan su chistera de mago de las canchas, pero Ronaldinho imanta los corazones de amigos y enemigos gracias a un carisma cuya principal joya es la alegría desbordante cifrada en una imborrable sonrisa. Por esta razón lo ocurrido en el Azteca, diez años después de las vertiginosas escapadas por la banda izquierda para arponear al Madrid, contra el América y en sólo diez minutos, merece comentario aparte. La resolución de los dos goles evidenció una facilidad pasmosa, la facilidad de quien conserva el don y la fortuna: el talento festivo de quien juega al futbol con el mismo desparpajo en el Azteca o en el Bernabéu que en los llanos de la improvisada cascarita barriobajera. El público del América reconoció el embrujo de la gracia de un futbolista que lo ha ganado todo (Copa del mundo incluida, en 2002): es el sexto mortal en conquistar la Champions europea y la Libertadores americana. A pesar de los tropezones de las farras y de las celebraciones extra cancha este jugador, dueño de todas las prerrogativas del genio, mantendrá ileso el entusiasmo así le ofrezcan unas cuantas monedas o las carretadas de euros o dólares que lo desvelan. La alegría del futbol, tal es uno de sus apodos predilectos, es insobornable.

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