Sobre héroes y hazañas

El "Púas" entrena boxeadores: perla de perlas

Verdadera joya de admiración boxística es la ardua sesión de entrenamiento protagonizada por Rubén Olivares en el solar de su casa y con la grita de los gallos como telón de fondo. La primera práctica consiste en dar vueltas en redondo, sin guantes, alrededor del solar. Después corre a campo llano para, dice, respirar a profundidad. Enseguida una tanda de lagartijas y otra más de sentadillas. Luego se para, literalmente, de cabeza. Simula estar en el ring, respira hondo y se dispone a golpear en táctica de retirada, esto es, arrojar golpes caminando hacia atrás y luego hacia atrás y hacia delante: golpear y eludir golpes sin enemigo. El entrenamiento entraña una enseñanza tácita: se parte del individuo solitario sin guantes y luego con guantes y, por último, frente a un ser humano de carne y hueso: el sparring. La práctica íntegra radica en esa simulación que funge como preparatoria del combate frente al enemigo verdadero: desde la indefensión de las manos huérfanas de guantes hasta la hora de la verdad, previa ceremonia de pesaje. En este ritual se miden a través de gestos, miradas, ademanes, por primera vez los futuros rivales. Antes de calzarse los guantes el Púas enseña cómo vendarse las manos. Después se dirige al costal móvil. Lo golpea con inteligencia y fuerza y acto seguido se agacha cuando el costal amenaza con alcanzarlo. Una vez que se harta de asestar golpes al costal va en busca de las dos peras: la fija y la móvil. A la pera móvil el Púas le llama, no sin gracia, la “pera loca”. Olivares culmina su práctica magistral trotando frente a un sparring exigente y movedizo. Los gallos, al fondo, siguen cantando: preparan sus armas/garras para emprender o llevar a cabo una pelea no menos aguerrida.

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