Sobre héroes y hazañas

Messi y la maldición de Ferguson

Inquirido respecto de la supremacía en el futbol profesional del mundo, Sir Alex Ferguson se decantó por Cristiano Ronaldo sobre Lio Messi. Y arguyó lo siguiente: “Cristiano Ronaldo puede hacer un ‘hat-trick’ (triplete) en cualquier equipo, incluso en el Stockpor County (un equipo semiprofesional de la Liga inglesa), mientras que Messi es un jugador del Barcelona”. Es evidente que Ferguson extremó el comentario hasta bordear la irónica hipérbole, pero lo cierto es que, tras lo ocurrido ayer y, además, después de la renuncia del argentino al seleccionado albiceleste, las palabras de Ferguson cobran vigor, consistencia y veracidad contundentes. Messi nunca ganó nada con la selección argentina aunque, en la otra orilla, Cristiano Ronaldo tampoco ha conquistado nada con el seleccionado portugués. Es verdad que Cristiano es un jugador que ha marcado en cuatro Copas de Europa de manera consecutiva (un total de ocho dianas), pero su principal logro fue el subcampeonato en su país contra Grecia (2004). Las palabras de Ferguson no estaban ceñidas a la ponderación de los logros con selecciones nacionales sino, más bien, a lo conquistado por Cristiano en diferentes equipos, incluso, por supuesto, el Manchester United en la gloriosa época de Ferguson. 

Siempre he dicho que Messi es, quizá y sin quizá, el mejor jugador del mundo sin sombra pegadiza de nadie más, pero en la selección de Argentina algo no sonaba bien cuando Lio jugaba. Y, por cierto, no fue la falta de personalidad que señalaba Maradona el principal problema. Acaso fue la idolátrica adhesión al club blaugrana. El amor irrestricto a la camiseta del Barcelona. El sueño cumplido de haber pertenecido y brillado en el mejor equipo del mundo en el entrecruce de los siglos XX y XXI. El llanto de Messi tras el penal fallado en la final contra Chile cierra un ciclo de intensidad y de entrega dramáticos. Un jugador ejemplar que no logró acceder al escaño de la inmortalidad de los campeones con la selección mayor. Un genio sin lámpara. Un Dios sin olimpo.    

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