Sobre héroes y hazañas

Luis Suárez o la predicción fallida

He escrito un par de artículos sobre Luis Suárez, el soberbio delantero del Barcelona que ha conquistado el Pichichi con la impresionante cifra de cuarenta dianas y quien, además, se ha agenciado ya su segunda Bota de Oro, distinción que premia al mejor goleador de cualquier liga europea. La primera vez escribí una semblanza sobre Suárez en “Sobre héroes y hazañas” muy elogiosa. La segunda vez hablé del bajo control de impulsos del charrúa y de cómo le había asestado tremenda mordida a Chiellini, un desgarbado defensor italiano. Esto fue en el Mundial de Brasil y la acción cobró visos de escándalo. En el artículo intitulado “La prematura gloria de un exaltado” escribí: “A casi  500 kilómetros de Montevideo se encuentra la ciudad de Salto, donde nació el extraordinario narrador Horacio Quiroga. El Salto colinda con la ciudad argentina de Concordia. En enero de 1987 nacería en la segunda ciudad más poblada de Uruguay el ariete Luis Suárez, un delantero que llegó a ser ya campeón goleador en el Ajax holandés. Suárez, quien vivió una difícil niñez tras la separación de sus padres, inició su carrera como futbolista en el Nacional de Montevideo. Contaba sólo 18 años”. Aquí me detengo.

El romperredes uruguayo ha tenido su mejor temporada con el Barcelona. Cuando escribí el artículo de la “prematura gloria” no sabía que Suárez arrasaría en la Liga española con una campaña de ensueño: líder de goleo, líder de asistencias y Bota de Oro.

Pero aquí va la predicción fallida: “Impermeable a los mareos de la fama y a las tentaciones que arrastran otros jugadores con menos talento y más ambiciones mundanas, Suárez lleva hasta el momento una vida ecuánime regida por una sencillez que recuerda aquellas sabias palabras de Marcel Proust: “la sencillez no encanta sino a condición de que los demás sepan que podrías no ser sencillo”. ¡Y después vendría la mordida endilgada a Chiellini!

Por eso en Madrid, junto a la estación de metro Alonso Martínez, en la cervecería Santa Bárbara, el poeta asturiano José Méndez me dijo ajeno al tono solemne: “Debes tener en cuenta, mi querido Gilberto, que ensayar también es equivocarse”.  

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