Sobre héroes y hazañas

José Luis Flores in memóriam

Algo peculiar ocurre en nuestro ánimo cuando alguien que compartió la tribuna de un estadio, coso o pista, desaparece de la faz terrena.

Es una desazón que me hizo pensar en un célebre pasaje del Infierno de La Divina Comedia donde Dante afirma que no hay nada más doloroso que revivir o evocar la alegría en tiempos de tristeza, desolación o desgracia. Los versos de Dante prosificados son éstos: “No hay mayor dolor que acordarse de los tiempos felices en la desgracia”. Y sí, en efecto, fuimos felices en el estadio Azteca donde el América y el Cruz Azul protagonizaron una edición más del clásico joven. Habíamos asistido, gracias a la proverbial generosidad de José Luis Flores, al Azteca un grupo de amigos acicateados por el entusiasmo y, también, por el escenario de una tarde de cielo límpido y de clima soleado. Prescindo de las circunstancias de un partido parejo y focalizo la mirada en un ambiente fraterno, una camaradería sin fisuras. Recuerdo que allí estuvimos, además del propio Flores, Javier Prado Galán, José Morales Orozco, José Luis Bermeo, entre otros. Aquí me detengo.

A José Luis Flores le cuadra de maravilla el segundo verso del soneto “Redención” de Miguel de Unamuno que, como sabemos, entraña una propedéutica del vivir: “Caliente el corazón, la mano larga”: solidaridad y munificencia. José Luis tenía la sonrisa fácil del hombre sincero y fue optimista hasta el último minuto de su vida. A guisa de quienes se parten el alma en el terreno de juego para alegrar a la fanaticada, José Luis fue un ejemplo de elegancia y entereza admirables. Pues, como dijo el poeta, ¿qué otra cosa es ser feliz sino hacer felices a los demás? Que Dios acune en su eterno regazo a nuestro amigo. 

 

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