Sobre héroes y hazañas

Ingemar Johansson o la derrota del Alzheimer

Aquejado por la desmemoria de un muy agresivo Alzheimer, el ex campeón mundial de boxeo de peso completo Ingemar Johansson no puede evocar las tres batallas que protagonizó contra Floyd Patterson. Alza su mano derecha y su hija Maria Gregner sabe que es el gesto indicativo para poner el video de su primera pelea contra el moreno norteamericano. Fue en el Yankee Stadium, en 1959. En el tercer round, Johansson tumbó varias veces al frágil Patterson (el ex campeón mundial completo con más caídas en la era moderna: 20), y se alzó con el título mundial: el quinto campeón de la máxima categoría no norteamericano, tras Fitzsimmons, Burns, Carnera y Schmelling. Incluso después de su fracaso contra Patterson, en los años sucesivos, Johansson fue recibido por miles y miles de eufóricos suecos, orgullosos del hasta entonces deportista más popular de su país. Pasó el tiempo, dijo el poeta, y pasó un águila sobre el mar y llegamos a las postrimerías del siglo pasado para admirar al gran tenista Björn Borg.

En 1982, en un acto de justicia estricta, Johansson recibió la medalla de plata olímpica que los jueces le arrebataron en 1952 para regalársela al estadunidense Ed Sanders.

Johansson ya había sido campeón mundial europeo cuando venció al italiano Franco Cavicchi en 1956. Pero la hazaña de vencer a Patterson contra todos los pronósticos catapultó la fama de un recio pugilista blanco que mordió el polvo literalmente en su segundo choque contra Patterson, en el Polo Grounds de Nueva York.

Poco antes de la medianoche del 31 de enero de 2009, luego de disfrutar por enésima vez el video de su increíble triunfo, Ingo Johansson, en su casa de descanso de Kungsbacka, en el suroeste de Suecia, cerró los ojos para siempre. Así lo narró su hija Maria: “mi papá se sentía cansado, cerró los ojos para dormir y se murió serenamente”. Despertó en otra orilla, en otro mundo. Y derrotó el Alzheimer. Por ello el título de este artículo entraña o reviste un doble sentido: la derrota como camino y la derrota como revés. Evocación del poderoso sueco Ingo Johansson, a siete años de su sueño definitivo: “Y yo me iré/y se quedarán los pájaros cantando”. 

 

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