Sobre héroes y hazañas

El Hijo del Perro Aguayo in memoriam

La inesperada muerte de El Hijo del Perro Aguayo ha provocado un terrible desconcierto en el medio deportivo mexicano. El desconcierto tiene, por supuesto, razones justificadas: se trataba de un luchador reconocido, con amplia trayectoria, ameritado en múltiples arenas; se trataba, asimismo, de un luchador joven (35 años); se trataba de un hombre carismático y probó que había superado un cáncer de estómago; se trataba, además, del hijo de una de las leyendas vivas de la lucha libre de nuestro país.

Al margen del análisis fino respecto de la incuria o descuido de quienes deberían estar alertas para atender de inmediato los contratiempos físicos en los encordados, la muerte del Hijo del Perro Aguayo me hizo pensar en la falacia de lo que el poeta de Valencia ha llamado "prelación en el orden de la muerte". ¿Qué significa esto? Significa que, en atención a la edad, los padres deberían morir antes que sus hijos. Nada más falso porque la vida humana es vulnerable y susceptible a padecer los embates y los envites del azar, la malhadada suerte de los accidentes, el sino absurdo e incomprensible de la desgracia que sobreviene de repente, en contra de todas las previsiones. Por eso las palabras de Rey Mysterio Jr. entrañan una verdad incontestable: "Apenas se formaba una amistad de hermanos que empesó (sic) años atrás y no deberíamos cuestionar los designios de Dios, pero en esta ocasión me preguntó por qué y no lo entiendo, te extrañaré y te llevaré conmigo el resto de mi vida, descansa en Paz Hijo del Perro".

Lo ocurrido en Tijuana mueve a una reflexión profunda que alienta varias ramificaciones. La atención, tras los mandobles de Rey Mysterio Jr. a El Hijo del Perro, demoró minutos cruciales. El cuidado en esos minutos habría posibilitado acaso la pervivencia del rudo luchador cuyas cervicales fueron hechas trizas inopinadamente. Quienes presenciaron el desplome del gladiador sobre las cuerdas creyeron que la dramática pose era parte del espectáculo, mientras los breves, mudos y fríos pasos de la muerte se acercaban a Pedro Aguayo Ramírez para tocar la última puerta. El emperramiento de la tragedia.

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