Sobre héroes y hazañas

Extravagancia nominal: Bardomiano Viveros

Los nombres raros, extraños o estrambóticos tienen la virtud, por su misma singularidad, de prevalecer en la memoria. De modo que recuerdo, por ejemplo, al esforzado Atilio Ramírez, un recio extremo que jugó con la máquina cementera. También recuerdo, ¡y cómo no!, al gran arquero Ubaldo Matildo Fillol, el Pato, que plantó cara como cancerbero de la selección argentina en tres mundiales. Eladio Vera fue jugador del mítico Cruz Azul y ahora, más cercanos a nosotros, jugadores de la Copa Corona MX, tenemos a Orbelín Pineda (¡qué extraño nombre!), a Oribe Peralta, Egidio Arévalo, Jehu Chiapas o Nahuel Guzmán, rarezas nominales que son la delicia de los espectadores en la liga más disparatada del futbol en el mundo. Y esta misma curiosidad insomne me hizo pensar en un tozudo defensa central que participó en los Juegos Panamericanos de 1975 y que fue campeón con Cruz Azul. Su sino estuvo marcado por la tragedia porque, por desgracia, padeció esclerosis múltiple y murió herido por la desolación y en la miseria. El doloroso caso de Bardomiano Viveros, cuyo nombre solía ser apocopado como Bardo. Fue Bardomiano, como ya dije, un ejemplo en la cancha y en aquellos Panamericanos que aquí cito fue compañero de un jovencito de apenas 16 años: Hugo Sánchez Márquez. El desenlace de aquella final contra nadie menos que Brasil fue increíble y podría, ¿por qué no?, engrosar las páginas de Ripley: un salomónico empate a un gol y luego el inusitado apagón en el Azteca. Las altas autoridades determinaron triunfo compartido, esto es, medalla de oro para ambas escuadras. Inverosímil en el deporte, pero no en la literatura. Baste recordar el Premio Cervantes compartido por Jorge Luis Borges y Gerardo Diego: la gloria en varias manos. Y el recuerdo entrañable de Bardomiano Viveros. Que Dios nos lo cuide. 

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