Sobre héroes y hazañas

A Casarín unirás acá

De Horacio Casarín recordamos una cuádruple faceta: su actuación en las películas Los hijos de don Venancio y Los nietos de don Venancio, sus casi 100 goles portando la casaca del Atlante, el gol que le clavó a Suiza en el Mundial de Brasil (1950) y su gallardía, elegancia y porte notables. Casarín, apodado el Chamaco, era un caballero dentro y fuera de las canchas. En Los hijos de don Venancio lo vemos dominando el balón en la sala de la casa o luciendo la camiseta del Atlante en la mesa de comer. Luego lo vemos como as del regate en el partido dramático contra el club Asturias. Su paso por las canchas cubrió el espectro temporal que va de 1936 (Necaxa) a 1957 (Monterrey). Este último año sería doloroso para el pueblo de México: al retiro de Casarín habría que sumar la muerte súbita de Pedro Infante al desplomarse en Mérida el avión que pilotaba. Como sabemos, la esposa de Horacio Casarín, con quien compartió 60 años de vida murió dos meses antes que el goleador mexicano. A esta trabada y sólida relación que pervive durante años y años el filósofo español Miguel de Unamuno le llamó “ternura de la convivencia”. Abundo al respecto: ternura de la convivencia evidencia una relación amorosa tan intensa que cuando una de las dos partes desparece la otra, casi de manera inmediata, también se desdibuja del mundo. Hay cientos de ejemplos históricos que corroboran la veracidad del concepto evidenciado por el búho de Bilbao, como apodo Luis Cardoza y Aragón a Miguel de Unamuno quien, por cierto, también acuñó aquello de que “La mirada limpia limpia lo que mira/los oídos castos castigan lo que oyen”.

Hoy recordamos a Horacio Casarín, la figura cimera del futbol mexicano en la primera mitad del siglo XX. Y ofrecemos a su memoria un palíndromo:

“A Casarín unirás acá”.  

 

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