Sobre héroes y hazañas

Apodos deportivos

Una genealogía onomástica está cifrada en los apodos que proceden de semejanza física con algún animal o con alguna circunstancia relacionada con la apariencia o con cierta y llamativa característica. Así, por ejemplo, el Burrito Ortega o el Gato Miguel Marín. En el boxeo recordamos al Alacrán Torres y, más aún, al Toro de las Pampas Carlos Monzón. O, asimismo, a Amado Panterita Ursúa, quien logró derrotar al fino esteta panameño Hilario Zapata. En ocasiones la forma de bautizar procede de alguna característica física peculiar, sobresaliente: el Púas Olivares, el Pelusa Maradona o, por su forma vertiginosa y astuta de driblar oponentes, la Cobra Muñante, habilidoso peruano que militó en aquel mítico Atlético Español de Brandón, Rodríguez Vega, Benito Pardo y Borbolla. Entre los apodos más graciosos, en la larga y fructífera historia del futbol mexicano, hemos de destacar: el Harapos Morales, el Manquito Villalón, el Centavo Muciño, el Cadáver Valdés, el Chaplin Ceballos, el Kalimán Guzmán, el Astroboy Chavarín, el Diente Rosas, el Dumbo López, el Tarzán Palacios, el Ojitos Meza, el Potrillo Nájera, el Médico Reyes, el Pata Bendita Osvaldo Castro, el Coruña Chavarría, el Abuelo Juan Manuel Azuara, el Alacrán Jiménez, el Piojo López, el Ratón Zárate, la Rata Bravo, el Cocodrilo Valdés, el Vikingo Bertocchi (el primer mortal que igualó la marca de Pelé al clavar ocho pepinos en un partido) y una larga fila de etcéteras. Varios de los apodos enunciados son atribuibles al llorado narrador Ángel Fernández. Y cómo olvidar al incombustible gladiador de los cuadriláteros el Macetón Cabrera: un boxeador cojitranco quien, apoyándose en una sola pierna, solía liquidar a sus adversarios con feroces y letales andanadas de golpes. 

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