Sobre héroes y hazañas

Apodos deportivos

Una genealogía onomástica está cifrada en los apodos que proceden de semejanza física con algún animal o con alguna circunstancia relacionada con la apariencia o con cierta y llamativa característica. Esto es evidente si revisamos la lista de deportistas famosos. En el boxeo recordamos al Alacrán Torres y, más aún, al Toro de las Pampas Carlos Monzón. En ocasiones la forma de bautizar proviene de alguna característica física sobresaliente: el Púas Olivares, el Pelusa Maradona o, por su forma vertiginosa y taimada de correr y driblar contrarios, la Cobra Juan José Muñante. Entre los apodos más graciosos, en la larga y fructífera historia del futbol mexicano, hemos de destacar: el Harapos Morales, el Manquito Villalón, el Centavo Muciño, el Cadáver Valdés, el Chaplin Ceballos, el Kalimán Guzmán, el Astroboy Chavarín, el Diente Rosas, el Dumbo López o el Tarzán Palacios. Varios de los enunciados son atribuibles al llorado narrador Ángel Fernández. Y cómo olvidar, en el renglón boxístico, al inefable Macetón Cabrera: un boxeador cojitranco que, apoyándose en una sola pierna, solía liquidar a sus rivales con feroces andanadas.

Quizá ningún país como México para proponer/inventar apodos que proceden de una circunstancia fortuita o insignificante. Entre los apelativos que derivan de características físicas excéntricas podemos citar varios. El luchador Blue Demon, alías el Manotas, el boxeador panameño Roberto Durán era apodado el Manos de Piedra. El Diccionario de la RAE avisa que la palabra “cuyo” significa “conejillo de indias”, esto es, mamífero roedor. ¿Quién no recuerda a Arturo el Cuyo Hernández? Fue entrenador de pugilistas que, a su vez, poseían singulares apodos: Rodolfo el Chango Casanova, José el Toluco López o Carlos el Caña Brava Zárate.

¿Se acuerdan de el Refrigerador Perry? La próxima semana continuaremos con más apodos célebres.   

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