El color de Faitelson

En el pasillo equivocado…

Me metí en el pasillo equivocado. Era el área de ventas, donde ejecutivos de trajes impecables, de camisas bien planchadas y almidonadas, bien afeitados y siempre pendientes de la perfumada secretaria para saber en qué restaurante de lujo será la siguiente reunión de negocios. En poco más de 30 años como periodista deportivo, me di cuenta de que las principales decisiones del futbol mexicano se toman aquí, lejos de la cancha, olvidándose de los que saben.

A lo lejos, recuerdo aquella frase: “Ya viene la Liguilla. Ahí vamos a doblar todo lo que invertimos”.

El mediocre escenario de cada pasaje final del torneo mexicano está de regreso: Una jornada de solo 13 goles, 11 equipos peleando aún por la posibilidad de un boleto a las finales, jugadores y entrenadores que hablan de “salvar” el campeonato con un boleto para la Liguilla y parajes desiertos en la cancha, empates a cero, partidos sin fondo, sin ritmo.

El tradicional partido más esperado de la campaña fue una traición a sus ideales, recuerdos e historia. El América-Chivas terminó siendo un partido carente de emociones, donde reinaba, de un lado, la apatía y la insolencia y del otro, el conformismo y la mediocridad. Casi 100 mil personas en el Estadio Azteca abuchearon a los dos equipos que decepcionaron.

El sistema de competencia en México está agotado. No funciona más de esa manera porque lo único que propicia es mediocridad. Y no lo sé, yo no me dedico a eso, pero tal vez un campeón en la fase regular y quizá una serie de rondas finales donde se busque a otro campeón, una disminución de equipos para formar dos Ligas y que cada año se promociones el ascenso de tres nuevas plazas. Reglas más específicas para los jugadores extranjeros, la obligación de debutar más jóvenes. De la misma manera en que hacen gráficas de análisis, de estudio y de desarrollo también hay que tomar en cuenta el futbol. Pero no son los ejecutivos de traje y corbata los que debe tomar esas decisiones.

En el pasillo equivocado. Ahí estaba, entre personajes apegados a su celular, a su agenda, a sus citas para resolver el futbol que después vemos en la cancha. Tipos que, además, siempre tenían una amenaza velada: “Recuerda que de aquí, de esta mesa, sale también para pagar tu sueldo”. Nunca vi en esos pasillos ni a Nacho Trelles ni a Miguel Mejía Barón ni al Tuca Ferretti ni a Manolo Lapuente ni a Carlos Reinoso ni a Javier Aguirre ni a Ricardo La Volpe. Lo único que había eran números, sonrisas falsas y un deseo voraz de cerrar el negocio.   

 

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