El color de Faitelson

Sin futbol, queda lo otro…

Todos los futbolistas están “a muerte” con el entrenador hasta que echan al entrenador. Después, están “a muerte” con el que sigue…

Me inquieta, pero al mismo tiempo entiendo la urgente necesidad de los futbolistas de la selección mexicana de enviar un mensaje contundente —que no termina siéndolo— de que están unidos, mentalizados y solidarios ante la empresa del fin de semana en la Copa Oro.

Más allá de los dimes y diretes a través de las redes sociales, queda claro que el partido de este domingo ante Costa Rica se gana, más que con futbol o algún destello individual, con fuerza y espíritu. Y México quiere mostrar que al menos en ese reglón, está completo.

El juego es una final adelantada para los dos. Costa Rica también tuvo una primera ronda llena de dudas y de carencias y quiere demostrar en esta Copa Oro que ha dado un paso definitivo para competir entre los mejores del área. Y México no puede permitirse tropezar el domingo. Sería un enorme fracaso, igualmente cuantificable en la parte económica que en la deportiva. Tras la dura eliminatoria del año pasado, donde tuvo que resignarse a jugar un repechaje en Nueva Zelanda, entre otras cosas por un resultado adverso ante Costa Rica en la ultima fecha de la eliminatoria, México quiere volver a mostrar que es el gran “mandón” de la Concacaf. Al mismo tiempo, de fracasar en el torneo, echaría por abajo un negocio televisivo que incluye y destaca la Copa Confederaciones de 2017.

El partido ante Costa Rica no se gana con clase y futbol porque, además de todo, ninguno de los dos, ni costarricenses ni mexicanos, han mostrado esas cualidades en la primera fase del torneo. El partido se gana con fuerza, con empuje, con corazón y… con güevos.

No tengo forma de comprobar las informaciones del diario mexicano Récord sobre presuntas diferencias entre algunos jugadores del plantel y el entrenador, pero respeto siempre una investigación periodística y conociendo la historia, los antecedentes de las selecciones mexicanas, no la desestimo de golpe. Miguel Herrera ha sido famoso por generar buenos grupos a su alrededor, pero también está claro que aquí tiene que lidiar con futbolistas de otra clase, de otras condiciones y otros temperamentos y personalidades. Y que los resultados, en la cancha, no han sido, esta vez, un aliado del entrenador y del grupo.

El ganador del partido del domingo en Nueva Jersey no solo comprará un boleto para las semifinales de la justa, de paso, saldrá poderosamente fortalecido para convertirse en el gran rival a vencer de Estados Unidos. El perdedor, en cambio, tendrá un lunes desastroso. Si es Costa Rica, significaría que han retrocedido con respecto a lo que mostraron hace un año en Brasil y que la decisión de cambiar a un entrenador, de descomponer un proceso, fue uno de los grandes errores de la administración del  señor Eduardo Li (hoy uno de los siete detenidos por la justicia en Suiza involucrado en el escándalo de la FIFA). Y si es México el de la derrota, pues habrá sido un fracaso, un terrible fracaso, capaz, insisto de medirse en consecuencias deportivas y económicas.

Lo de siempre: cuando a un equipo le falta futbol, talento y recursos acude a una cuestión mental, a una fortaleza anímica y espiritual. Veremos, en las próximas horas, qué tan bien anda este México en ese aspecto. 

david.m.faitelson@espn.com

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