El color de Faitelson

El año del balón…

Para algunos será un año de “sentimientos”. Para otros, uno de “insospechados cambios”, para los chinos es el “año del caballo” y de acuerdo con el calendario maya es el “año de la semilla y la fertilidad”.

Para el deporte, el año que comienza promete ser un año de retos, de perspectivas, de valores, de sueños y de grandes expectativas. Sobre todo, expectativas.

Para algunas regiones del mundo (que no es precisamente  la nuestra), la primera gran competencia comenzará en apenas algunas semanas, en Sochi, Rusia, a las orillas del mar Negro, con los 22 Juegos Olímpicos de Invierno, pero para nuestra pasión, alcance y creencia deportiva el punto medular del año tendrá que ver con lo ocurra o deje de ocurrir en el territorio brasileño del Campeonato Mundial de futbol.

 El Mundial es el evento de los eventos para el mexicano y en general para el aficionado al deporte latinoamericano. Cada cuatro años, se generan grandes sueños y grandes esperanzas para un  país entero que encuentra la oportunidad de medirse en un campo deportivo, en un escenario futbolístico a otras naciones. Y por algunos momentos, pasajes, o quizá instantes, el balón se transforma en magia y esa magia distorsiona el pensamiento de los aficionados, dándoles la oportunidad que tal vez no encuentren en otras facetas de su vida. El balón rueda y rueda ofreciendo júbilo, matices, ilusiones, ambiciones, esperanzas, sueños, grandeza. Al final, muchas de ellas no son totalmente válidas o verdaderas. El Mundial tiene sus propias “clases sociales” y en casi 90 años de historia, los campeones se cuentan con los dedos de ambas manos.  Esperar a que alguien distinto levante el trofeo de la FIFA en el verano es prácticamente una esperanza imposible, a menos de que una selección como Holanda, por ejemplo, que ha tocado la puerta de la gloria en tres ocasiones finalmente culmine la obra.

Paro más allá de la competencia futbolística, de las diferencias que existen entre los “candidatos” y los “participantes”, hay que entender lo que el Mundial significa para el aficionado al futbol en nuestros países. Sin que mezclemos un sentido nacionalista o patriotero que nada tiene que ver en el asunto, el futbol se transforma durante los meses del verano de cada cuatro años es una forma de sublevación, casi de “romper las cadenas”, de gritar, de exponer lo que realmente queremos ser como seres humanos y que no podemos quizá por una condición propia de la situación que nos rodea u oprime. El futbol se convierte en una plataforma de salvación para nuestro amor propio, para nuestra identidad, para nuestra confianza y entereza. Aunque en el fondo, todos estemos conscientes de que las cosas estarán en su lugar en el Mundial brasileño, tenemos la idea de que vale la pena vivir ese trance, de que la adrenalina que derramemos mientras dure la aventura (así será tres, cuatro o cinco partidos) será suficiente para darnos justamente lo que necesitamos: la entereza de sentirnos vivos.

Hemos comenzado otro  año con los mismos problemas de siempre: suben los impuestos, la gasolina, el valor de insumos de primera necesidad, las medicinas y crece la inseguridad y desasosiego alrededor de nosotros. Esos son temas que no podemos ignorar y que difícilmente podemos cambiar con el simple deseo de querer cambiarlo. El futbol es un producto sencillo, noble, dúctil para acomodarse a las necesidades mismas del ser humano. Así que durante pocos más de 30 días nos ofrecerá sus grandes bondades, quizá, la más importante y satisfactoria de todas: la posibilidad de soñar.

Para algunos es el año de “sentimientos”. Para otros, de “insospechados cambios” y para algunos más, el  año del “Caballo” o de “la fertilidad”. Para mí, y sé que para muchos también, es el “año del balón”.  

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