El color de Faitelson

“Santa” lucha interna…

Puede que, como dicen por ahí, sea una característica propia del futbol mexicano y que haya que disfrutarla, regocijarse de ella, agradecerla en cierto modo y nada más. Cabe también que estemos todos metidos en el mismo error: confundir el aparente equilibrio, la emoción con un tema de extrema medianía o de mediocridad.

¿Quién entiende al futbol mexicano? Yo, no.

Y este comentario no intenta desprestigiar a un legítimo campeón como Santos, un equipo de buenos futbolistas, de un entrenador como Pedro Caixinha que ha hecho un trabajo espectacular y de un presidente como Alejandro Irarragorri que ha sentado las bases de una organización ganadora en todos los sentidos. El Santos es el campeón porque ha encontrado los métodos para ganar el campeonato mexicano. Punto.

Y aquí viene mi “santa” lucha interna…

El problema es que partimos desde un equipo que fue mediano en la campaña regular, que se clasificó a la Liguilla amparado por el resultado de terceros, que tuvo una aparición impactante en cuartos y semifinales y que 90 minutos le bastaron para detonar la gran Final. Y que, además, levantó el trofeo en una noche donde le metieron 3-0 y donde en 45 minutos lució como un cuadro inexpresivo, vulgar y apático.

Entiendo muy bien que la historia se escribe desde lo más alto del podio, con el trofeo en la mano. Las crónicas hablarán de un quinto campeonato para Santos, sin importarles las formas en las cuales este equipo “navegó” hacia el éxito.

El futbol mexicano debe pasar por una exhaustiva revisión de sus formas de competencia. Hemos vivido de una Final de 8 goles, donde “la verdad la conocimos desde el jueves en Torreón -con un 5-0 aplastante en la ida- pero donde en la noche del domingo, parecía existir espacio para una proeza de tamaños apoteósicos.

Sé muy bien que hay una diversidad infinita de maneras para alcanzar el éxito en la vida y en el futbol. Que los moldes no son buenos. Este equipo tiene sus grandes virtudes - Marchesin, Izquierdoz, Molina, Calderón, Chuleta-, posee un entrenador distinto en personalidad y en formas de trabajo como el portugués Caixinha y que tiene a un presidente de mentalidad abierta, dispuesto a probar y a romper esquemas como Alejandro Irarragorri. Intento vivir con esas bondades que cultivaron a un “campeón”, pero tengo una lucha interna que me obliga a revisar ciertos momentos que en lugar de excelencia o gloria se apegaron más a la medianía o la mediocridad.

 

david.m.faitelson@espn.com

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