El color de Faitelson

“El Rey León”

Dieciocho meses fueron suficientes para generar un milagro.

Y de la nada, porque no había nada, solo cenizas, proyectos destruidos, abusos, corrupción, malos manejos y el recuerdo lejano de una plaza que había reconocido la gloria futbolística, surgió el oasis de un grupo que sabe hacer las cosas, de un empresario con el más alto poder adquisitivo, de un entrenador lleno de personalidad y conocimiento y de un conjunto de futbolistas que desarrolló sus mejores habilidades.

El León volvió a rugir como en sus mejores épocas y no solo eso, sino que lo hizo con un estilo propio, atrevido, desafiante, capaz de provocar la admiración de aquellos que incluso no son propiamente aficionados de la causa verde. El León convenció en la cancha, jugó al futbol, con habilidad, velocidad y técnica. Desde el sorprendente portero William Yarbrough, pasando por el capitán Rafael Márquez, el regreso de Jonny Magallón, la entrega de Nacho González, la aportación en medio campo de Carlos el Gullit Peña, de Jesús Montes y del Gallito Vázquez, la explosividad que ofrecen Burbano, Loboa, Britos, Arizala y la contundencia de Mauro Boselli.

Al frente del grupo, la personalidad de Gustavo Matosas. El uruguayo, el hijo de aquel legendario jugador del River Plate argentino, Roberto Matosas, tomó decisiones atrevidas, generó un equipo poderoso en espíritu y en juego y sacó la mejor parte de cada futbolista. A él, hay que agradecerle gran parte de este “milagro” llamado León.

Al margen de la cancha, aparecen los Martínez. Jesús, padre e hijo, son los forjadores de este sueño. Como todo lo que toca la familia Martínez cuando se trata de futbol y de organización resulta impecable y consigue resultados. A Jesús padre hay que agradecerle también le irrupción de un nuevo “jugador” en la mesa, de un nuevo competidor, poderoso, infranqueable que promete marcar rumbos de cambio: el ingeniero Carlos Slim.

Y lo más importante de todo: la afición de León, generosa, entregada, fiel, apasionada. Aún recuerdo aquel domingo de 1997, con un sol que caía a plomo, pero que no alcanzaba para calentar los sentidos de los aficionados en el Camp Nou, que veían cómo Carlos Hermosillo les impedía, a través de un penalti, el sueño de una coronación. Luego vinieron años de larga espera, de sufrimiento, hasta que finalmente, el domingo por la noche, en el Azteca, el Rey, el Rey León volvió a rugir.    

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