El color de Faitelson

Muchas gracias…

Me quedo con la sonrisa de Omar Bravo, en la banca del estadio Omnilife, el martes por la noche, una sonrisa que recuerdo pocas veces en la misteriosa personalidad de ese futbolista y tampoco en el entorno de la última época en Chivas. Y me quedo con la mirada enojada –"encabronada"- como lo dijo el mismo Nacho Ambriz en la noche dura, durísima del América en León.

Y quién sabe cómo, dónde exactamente y por qué, la suerte se revirtió para los dos grandes del futbol mexicano justo en medio de un Clásico caliente y controvertido jugado el sábado en el Azteca. Chivas amaneció a la mitad de semana con cuatro victorias consecutivas -tres de ellas por la Liga- y el América, con dos reveses seguidos -tres en los últimos cuatro juegos- y la moral caída. La crisis de uno terminó en las manos del otro. Así de sencillo, trivial, mágico... Y hablando de "magias", nunca estuve seguro de que algún entrenador poseyera esas esencias. Tampoco lo estoy ahora, pero eso me insinúan los aficionados de Chivas alrededor de la llegada de Matías Almeyda. Estoy seguro de que el argentino puede ser un buen entrenador y también un hombre de un gran discurso, pero "mago" no es, de ninguna forma.

Los que han propiciado ese cambio de juego, de semblante, son los futbolistas de Chivas. Ellos, encabezados por Omar Bravo, entendieron que podían transformar las cosas a su alrededor. En el América, percibo todo lo contrario: aburguesamiento, soberbia, petulancia. El equipo empezó a creerse lo que se decía a su alrededor y si algo le sobra siempre al América son "porristas", "jilgueros", personajes amamantados por la empresa que es dueña del club y que a través de sus poderosos medios envían mensajes de fiesta y de regocijo.

Hoy, el América está desordenado, desubicado y temeroso de que le hagan daño, como se lo hizo el León anoche en el Nou Camp. Damas y caballeros, la crisis se ha revertido. Hoy, el América es el preocupado, el abatido, el triste y Chivas, el sonriente y el que está lleno de optimismo. Así es el futbol y así es la vida, porque a través de la cancha, el juego nos ha enviado otro mensaje claro y contundente de que hay que trabajar y concentrarse y no perderse nunca en la soberbia y en la arrogancia.

SE CIERRA UN CAPÍTULO

No es fácil para mí escribir estas últimas líneas, más cuando me tengo que ir de un sitio donde me siento contento y plenamente identificado con sus ideales y sus formas de hacer periodismo. Pero la vida es como un gran libro lleno de retos. Se abre un capítulo y por más que intentes y luches para quedarte en él, hay que cerrarlo y abrir el siguiente.

Quiero agradecer infinitamente a los directores de Milenio-La Afición por la oportunidad que me dieron de comunicarme a través de estas líneas. Lo mismo al gran amigo y periodista, Rafael Ocampo, uno de los pocos personajes de esta profesión que combina un altísimo nivel de profesionalismo con una gran condición humana. Estemos donde estemos, querido Rafa, siempre tendrás mi respeto, cariño y admiración. Eres un gran periodista y un extraordinario ser humano.

Seguro me olvido de algunos otros nombres como el de Luis Enrique Gutiérrez, Carlos Contreras Legaspi, Adolfo Díaz Rufo, Carlos Albert, José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo, Barak Fever, Enrique Burak, Arturo Brizio, Willie González. A todos ellos, muchas gracias por aceptarme como compañero.

Me falta el agradecimiento a la parte más importante de todas en este asunto: al lector, a nuestros queridos y fieles lectores de La Afición, que han soportado líneas y líneas donde muchas veces coincidimos y otra vez no tanto, donde aceptaron mi verdad que muchas veces estaba alejada de la verdad absoluta y de su propio punto de vista. Sigan leyendo Milenio-La Afición, uno de los muy pocos bastiones del periodismo libre que existen en nuestra transformación como país hacia la democracia plena que todos anhelamos.

Se abre un capítulo y se cierra otro. Así es la vida. Muchas gracias.


david.m.faitelson@espn.com
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