El color de Faitelson

Humillación

Río de Janeiro, Brasil.- La tarde del martes 8 de julio del año 2014 quedará inscrita para siempre en los anales del futbol brasileño.

Fue una tarde vacía, amarga, llena de lagrimas y pesares. Fue una tarde humillante.

Sesenta y cuatro años después del “Maracanazo”, ocurrió algo peor: Brasil no solo perdió, también fue humillado, en su cancha y ante su gente, con un equipo inexpresivo, incapaz de correr, de meter la pierna y de defenderse con propiedad. Los alemanes caminaron -prácticamente “gravitaron”- por el Mineirao mientras ensuciaban y rasgaban el sagrado escudo del pentacampeón mundial.

Una pena. Una verdadera pena porque uno no espera que exista un desequilibrio como el que vimos hoy en el marco de una semifinal mundialista y con dos equipos que tienen una rica, muy rica historia y una gran responsabilidad y credibilidad en el futbol de todos los tiempos.

Y aunque es verdad que Brasil había perdido -días antes- a su máxima figura y al hombre que significaba su conexión en el futbol espectáculo, alegre, abierto y al mismo tiempo avasallador de otras épocas, aunque es verdad que también dejó en el camino a su capitán y un jugador esencial -como pudo verse y comprobarse- en el aparato defensivo, Brasil, este Brasil, salió a jugar sin lo más importante que debía tener para una jornada de estas características: el espíritu.

Suponíamos que ante la ausencia del jogo bonito, que ante la irregularidad y poca confianza que generó su futbol durante toda la Copa, emergería entonces la capacidad de sacrificarse, de correr, de pelear, de presionar y asfixiar a los alemanes. No lo hicieron. ¿Lo intentaron? Parece que no. Alemania hizo lo que quiso con o sin el balón en los pies y en algún momento de ese terrible y trágico primer tiempo brasileño, el juego semifinal de un Mundial estaba convertido en una “cascarita”, donde los Klose, los Müller, los Schweinsteiger, los Özil se divertían en la cancha y hacían lo que querían con los verdeamarelhas.

Una paliza. Una verdadera paliza por donde se le vea.

Me parece que, incluso, sobre el final del juego, los mismos alemanes bajaron “sus revoluciones” entendiendo que el futbol es un deporte donde se busca ganar y mostrar supremacía, pero donde la degradación no tiene cabida.

El martes 8 de julio del año 2014: el día en que los niños brasileños lloraron, el día en que se estremeció la historia de Pelé, de Garrincha, de Zico, de Sócrates, de Ronaldo y de Romario, el día en que Brasil fue aplastado en casa, el día en que el “Maracanazo” volvió a ocurrir, esta vez en moderno technicolor, en alta definición, en Internet, en Twitter y el Facebook, el día que Brasil fue humillado.   

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