Cronómetro

El día en que Don José me salvó la vida

Trataré de encontrar el momento y la situación que pueda definirnos con mayor cercanía cómo era Don José Sulaimán, más allá de la imagen borrascosa y tormentosa que el boxeo, sus intereses y su controversia se encargaron de establecer.

Puede que la decisión sea dividida, mayoritaria o que tenga espacio para la controversia, pero aquellos que tuvimos el tiempo y el honor de conocerlo sabíamos que su calidad humana no tenía límite alguno. Don José fue un tipo humanitario en un mundo sanguinario. Algunas de sus históricas decisiones marcaron al boxeo para siempre: la reducción de 15 a 12 rounds cuando los promotores, la televisión y los casinos querían más sangre y más morbo; el pulgar añadido al guante que evitó más lesiones en las retinas de los boxeadores, y el hecho de destinar grandes cantidades de dinero al centro de investigación de la Universidad de California en Los Ángeles, el sitio donde irónicamente vivió sus últimos momentos en vida. Pero todo eso fue poco con respecto a lo que Sulaimán entregaba en calidad humana.

Una de sus grandes preocupaciones era la vida del boxeador después del boxeo. Y siempre me decía que quería crear una pensión al estilo de la que maneja el sindicato de jugadores de las Grandes Ligas de beisbol, que protegiera para siempre a sus agremiados. Se entrevistó con compañías aseguradoras, con bancos, con sindicatos, pero jamás pudo terminar de convencer a los boxeadores de que si destinaban parte de sus ingresos a un fondo podrían protegerse para el mañana. Sulaimán ayudó a muchos boxeadores que cayeron en la desgracia tras una fructífera campaña en el ring y una terrible administración en sus vidas personales.

Lo recuerdo bien, muy cerca siempre de Muhammad Ali –quien era su gran ídolo, de Don King -quien era su gran amigo-, de Nelson Mandela -con el que compartió grandes momentos- o en las Naciones Unidas ofreciendo un discurso. Un hombre inteligente, culto, que viajando a nombre del boxeo le dio varias veces la vuelta al mundo.

Hubo muchas anécdotas personales, algunas en aquel desayunador de su casa en la colonia Lindavista, al norte de la Ciudad de México, pero la que más recuerdo fue una que prácticamente me salvó la vida: era finales de los años ochenta, yo tenía 17 o 18 años, trabajaba para el periódico Excélsior y cubría la fuente de boxeo. Le daba seguimiento a una nota donde establecía que el apoderado de Julio César Chávez estaba ligado al narcotráfico. El promotor o apoderado de Chávez se llamaba Ángel Gutiérrez y yo publicaba nota tras y nota dando a entender que el gran ídolo del boxeo mexicano era dirigido por un narcotraficante. Lo recuerdo como si fuera ayer: Una tarde, después de una presentación en el Hotel Aristos de la Zona Rosa, Don José me llevó con él a un lado y me ofreció un café. Me dijo con voz clara y alarmada: "tenga cuidado, señor Faitelson. Tenga cuidado porque esa gente es muy mala. Deje ese tema en paz por favor. Esa gente puede hacerle mucho daño. Yo no quiero que lo lastimen".

Meses más tarde, Ángel Gutiérrez apareció muerto de 70 balazos en Cancún y a Sulaimán yo le debía el hecho de haberme alertado sobre el tema.

Don José ya está descansando en paz, después de meses y meses en el hospital, sufriendo de grandes dolores. Yo me quedo con su sonrisa eterna, su buen humor, su gran capacidad para hablar y sobre todo, el amor y el cariño que tenía por sus amigos.

Un abrazo para Mauricio, su hijo, el orgullo de su padre, para sus familiares y para toda la familia del boxeo en México y en el mundo.

Hasta pronto Don José. La campana ha sonado, pero no es el último round, usted seguirá vivo siempre en nuestros corazones.

twitter@Faitelson_ESPN