Los niños están sanos…

Los niños son fantásticos: se ríen, son graciosos, ocurrentes e inteligentes. El problema es que algún día crecen, toman su rumbo, sus propios riesgos y nadie sabe si volverán a ser lo mismo que eran o que prometían ser en el pasado. Estamos hablando de futbol, de futbolistas…

Sea cual fuese el resultado con el que nos despertamos este martes, la pregunta es: ¿Qué le sucede al futbolista mexicano cuando supera los 17 años?

Otra demostración de alto valor en el Mundial de categoría infantil que tendría que dejarnos tranquilos hacia el futuro nos arroja nuevas interrogantes: ¿Qué ocurre en el desarrollo del futbol mexicano? ¿Es una cuestión técnica, tiene que ver con el físico, con la alimentación? ¿Se trata acaso de una cuestión mental? ¿Por qué un futbol que es capaz de ganar mundiales infantiles, de trascender ante rivales históricos como Italia, Brasil y Argentina se descompone después hasta tener una vergonzosa eliminatoria en una de la áreas futbolísticas más pobres del mundo?

Algunos creen que se trata de un tema técnico y que la transición hacia el otro nivel del juego le cuesta trabajo al futbolista mexicano, factor donde también, intervienen los entrenadores que generalmente en ese tipo de puestos son mal remunerados, poco reconocidos y quizá no estén actualizados con las fórmulas más modernas de entrenamiento y de enseñanza futbolística.

La otra hipótesis se refiere al tema de la debilidad mental, un mito con el que ha vivido y convivido no solo el futbol, sino todo el deporte mexicano.

Otras de las conjeturas se refieren al físico, factor donde interviene la genética y la alimentación. Otro campo donde, sin duda, realizar una afirmación definitiva puede resultar todo un riesgo.

Hay otra pista que me parece esencial cuando se trata del futbol mexicano: el dinero. La transición al profesionalismo transforma todo el panorama y marca una vida distinta alrededor del futbolista, al que transforma en un producto, donde intervienen entrenadores, visores, promotores, directivos, periodistas, dueños y demás. El juego abandona una faceta romántica y se convierte en un juego de intereses profundos.

Algo me queda claro en esta nueva campaña exitosa de un grupo de futbolistas jóvenes: nuestros niños, los niños del futbol, están sanos y vigorosos. Sonríen en la cancha y la cancha les sonríe a ellos. Se “enferman” más adelante, cuando el futbol deja de ser un deporte para convertirse en un negocio.   

 

david.m.faitelson@espn.com · twitter@Faitelson_ESPN