A lo warrior

Lo que se ve, también se pregunta

A falta de cinco minutos de que terminara el nebuloso episodio ante Honduras, dejé mi posición en la cancha –muy cercana a los terrenos que pisa Juan Carlos Osorio- para dirigirme a la zona de vestidores con el fin de realizar las entrevistas finales.

Por un momento pensé que se negarían a hablar con los medios cuando los vi apretar el paso fuerte hacia el túnel. Para mi sorpresa, Layún, Guardado y Aquino –de los que siempre dan la cara- no tuvieron problema en responder a pesar de la calentura del resultado.

Miguel Layún una y otra vez me dijo que la relación con Osorio es buena, que nada al interior está roto y que el desempeño no tiene nada que ver con algún tipo de fractura. Con más autocrítica respecto al resto del equipo, Layún aceptó que los dos juegos eliminatorios no fueron lo que ellos esperaban.

Pude entrevistar también a Javier Aquino. En su primera respuesta sobre el grisáceo empate, dijo que aún pesa la eliminación por goleada a manos de Chile, que es algo que todavía no pueden desprender de sus cabezas.

Minutos después, cuando a Osorio se le cuestiona sobre el “efecto Chile” y que a algunos jugadores les sigue pesando aquella losa, sorprendido dijo que a él ningún pupilo le ha manifestado dichas sensaciones. No entiendo entonces nada.

Lo que veo es un marasmo absoluto, desánimo al interior, hartazgo de unos, irritabilidad de otros. Confusiones tácticas, jugadores por debajo de su nivel y un Osorio que no recibe de su grupo el mensaje que él desearía. Ahora que pudo confrontarlos y tenerlos nuevamente, el compromiso quedó en palabras y no en hechos.

La selección mexicana no juega; deambula. No rema; flota. Y mientras flota, solo se pregunta de qué humor habrá amanecido el viento para aferrarse a la deriva. 

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