A lo warrior

El príncipe y el rockero


Aplaudo que la baraja comience a moverse un poco. Ya era tiempo de remover el licuado que estaba asentándose en el fondo del vaso con los grumos, las caras y los resultados de siempre. Dos nuevos rostros aparecen en la palestra con la tarea de arrojar cuanto antes resultados importantes –entiéndase por resultados importantes: títulos-. Toluca y Pumas no están para fases experimentales; están para reabrir vitrinas.

Juan Francisco Palencia llega a Pumas. Rockero, darketo y hasta underground. Dicen que no encaja con la imagen y filosofía de la máxima casa de estudios del país. Tonterías. De ser así, el futbol al nivel que lo conocemos, con esas bajas pasiones que exhibe en el graderío, tampoco tendría cabida en el recinto universitario.

Qué más da si Palencia viste como viste, habla como habla, se pinta como se pinta y se peina como se peina. Mientras los entallados pantalones no le asfixien las ideas, dejemos que le otorgue un poco de frescura a ese menú de técnicos que luce opaco y desgastado de las orillas como carta de fonda. Total, si en cinco jornadas no funciona, ahí estará el modus operandi del futbol mexicano para cobrarle factura por su novatez y tan-tan, como si nada hubiera pasado. Unos cuantos memes en tono burla y se acabó. Pero deseo, insisto, que le alcance para sacudir el parsimonioso mundo Puma.

El otro que aparece en escena es Hernán Cristante. El polo opuesto de Palencia. Rubia figura que parece sacado de un cuento, casi un príncipe de Disney. Apuesto y elegante. Ídolo y referente. Conoce cada rincón de La Bombonera al igual que los secretos de la familia Diez y comprende también el sentir de esa afición a veces tan voluble como su propio clima.

Toluca al igual que Pumas, toma la ruta del factor identidad antes que el currículo. Al final, son las apariencias las que engañan, no las que ganan o pierden partidos.

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