A lo warrior

Los ojos rojos del ‘Piojo’

Todavía alcancé a decirle que la cara le había cambiado, que su semblante era distinto al que había mostrado un día antes en la conferencia de prensa previa a la final. Tímido y con una corta sonrisa me respondió que para nada, que seguía teniendo la misma cara fea de siempre.

Nunca imaginé que aquella sería la última entrevista que le haría en su papel de director técnico de la selección mexicana. Le agradecí por los minutos concedidos. Tomé mi mochila y salí de la zona mixta, la misma por donde los jugadores como en pasarela desfilaron minutos antes sin decir una sola palabra ante los micrófonos que fungieron de simples espectadores.

Miguel Herrera debió irse a la cama –no sé a qué hora– con la tranquilidad de haber comprado un seguro de vida mínimo de aquí a diciembre. Supongo durmió más y mejor que las noches previas donde la presión jugó como titular en su terreno del insomnio.

Pero a la mañana siguiente Miguel desmoronó el castillo. Envalentonado e incontrolable lo pulverizó. Volvió a caminar con una granada en la mano, sin candado de seguridad y sin alguien que se la quitara. Por el contrario, le pasaron una segunda y una tercera con la suficiente pólvora para derrumbar el imperio.

Y entonces, a comenzar de cero entre risas, memes e incendiarias conclusiones. Alimentados por una doble moral satanizamos al crítico cuando somos los primeros en odiar al vecino; acuchillamos al victimario cuando bajamos del auto para liarnos a golpes al primer claxonazo y exigimos fair play a Guardado cuando no respetamos ni un cajón para discapacitados en el estacionamiento.

Somos de corta memoria, de escasa mecha y de nulos procesos. Saboreamos el morbo, pero nos asquea la línea de 5 o de 4 en el fondo. Nos ocupa cuánto se llevó Herrera en los bolsillos, pero poco o nada nos preocupa cuan limpia o sucia dejó la cancha.

carlosguerrerogallegos@gmail.com

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